EL PERIODISMO EN COLOMBIA HA MUERTO

Gracias a haber servido de títere de otros poderes, el periodismo colombiano fue instrumento ciego de su propia destrucción. La crisis de las basuras en Bogotá desnudó la realidad. Se hace necesario que los periodistas sean superiores a su propia desgracia y tomen las banderas de la reconstrucción de la profesión por encima de los sepultureros de hoy.

Por: Alex Guardiola Romero

La Bogotá de los primeros días de febrero de 2018 es una inmundicia. Las calles ofrecen un panorama apenas equiparable al de una película postmoderna que recrea un mundo apocalíptico donde montañas de basuras se acumulan en todas partes, pero la indulgencia periodística para con el alcalde Peñalosa -por cuyos actos mal planeados y discutibles desde lo ético y jurídico se originó la crisis- y los discursos validadores de los medios de comunicación, en especial de ciertos periodistas, contrasta no solo con la realidad que los mismos ciudadanos perciben sino con el caos diseñado cuando en la anterior alcaldía se presentó una situación que, en términos de cantidad de toneladas de basuras en las calles, fue mucho menos de la mitad del actual.

AAAAAAAAAA

En este caso en particular, se desnudó que el periodismo colombiano está de espaldas a la realidad, tratando de vendernos como real una ficción en la que victimiza, ensalza, fulmina o idolatra a quienes ellos quieren de acuerdo a sus intereses. Nos quieren convencer de algo distinto a lo que estamos viendo y viviendo. Hace rato nuestros medios de comunicación dejaron de servir al informado para entregarse a los informantes; son, ni más ni menos, que un instrumento ciego de su propia destrucción. El periodismo colombiano ha muerto.

En diciembre de 2012, durante la crisis de las basuras de Petro, hubo periodistas por todas partes, cubrimientos especiales donde los reporteros usaban tapabocas y aseguraban estar al borde del desmayo como consecuencia de los olores emanados por las basuras que -luego se supo- fueron dispersadas intencionalmente por quienes perdían el negocio que tanto dinero les representaba, porque en este país la corrupción ya se robó hasta la basura. Pero por arte de magia, en esta ocasión algunos noticieros de televisión mencionaron “algunos retrasos” en la recolección de basuras en notas que no pasaban los 60 segundos, y ya a los reporteros no les causa náuseas las 8.700 toneladas de basuras que en solo 3 días se han acumulado en la ciudad. La inmundicia que antes hedía de repente parece haberse perfumado. Peor aún, los medios -para justificar los hechos y exculpar al alcalde y a sus funcionarios- han rotado insistentemente un video donde los trabajadores de la empresa Aguas de Bogotá convocan a una protesta, y han aseverado que aquellos sabotearon los vehículos compactadores que pocas horas después y curiosamente fueron usados sin problemas por algunos contratistas llamados de urgencia por la alcaldía para mitigar el daño.

¿Por qué no se mide con el mismo rasero ambos hechos periodísticos? ¿Por qué en aquel entonces la situación merecía largas y exhaustivas emisiones y ahora es solo una noticia del montón? ¿Por qué hace unos años se hablaba de la crisis del alcalde Petro -con nombre propio- y ahora se habla de retrasos del “distrito” -en abstracto-? ¿Por qué se pasó de cubrimientos especiales de portada de revistas de fin de semana a notas de dos párrafos extraviadas en la sección de noticias generales? Las respuestas avergüenzan incluso a los propios periodistas, tal y como se evidencia cuando en las redes sociales muchos de ellos se cuestionan y llaman a la reflexión a sus propios colegas. Por lo menos, y ante le evidencia inobjetable, muchos han tenido la decencia de llamar la atención sobre la situación; en este caso, quizás por lo burdo de la preferencia, los periodistas no han actuado con solidaridad de cuerpo y parecen estar dispuestos a dar la discusión. Ojalá esas buenas intenciones sobrevivan a los fastuosos cocteles, los contratos publicitarios y llamadas que combinan la condescendencia con la amenaza, estrategia que desde ya preparan los empresarios de las basuras beneficiados con las decisiones de Peñalosa.

No se trata de llamar al linchamiento social, como hicieron en aquel entonces en 2012, sino a que haya un cubrimiento profesional para ambos casos, donde no se transluzca el odio hacia el gobernante ni la afinidad con el empresario. Se pide, nada más, que los periodistas sean profesionales y, si bien no se les pide ser objetivos, que por lo menos actúen de buena fe. Parece que es mucho pedir en nuestro país, lo que nos permite concluir tristemente que el periodismo en Colombia ha muerto. Muchos medios de los que gritan que la libertad de prensa es el principal pilar de la democracia, ignoran olímpicamente que la responsabilidad social que sobre ellos descansa es tan importante como necesaria, pues no puede existir un buen país sin un buen periodismo. Dirán que no son todos, y tendrán razón, dirán que en este caso hay elementos que escapan a su comprensión, y será cierto, pero esa era exactamente la misma circunstancia en 2012 cuando se evidenció sus preferencias políticas y sus odios viscerales.

No puede la sociedad colombiana en su conjunto premiar con la sintonía a aquellos que se están convirtiendo en sepultureros de la profesión del periodismo, ni los propios periodistas pueden permitir que su ejercicio profesional siga manchado por aquellos a quienes les importa un rábano la realidad del país dado que viven en torres de marfil construidas con el dinero de lo anti-ético. Quizás el periodismo nacional es solo el reflejo de la podredumbre de nuestro país, quizás -salvo contadas excepciones- quienes pontificaron sobre objetividad y ética hoy sean desnudados por las redes sociales y el despertar de la ciudadanía, pero nada puede justificar que nos quedemos de brazos cruzados viendo cómo se muere el periodismo -o cómo lo matan, que es peor- pues la evolución de una sociedad depende mucho de quiénes cuentan la realidad y de cómo la cuentan.

Si aquellos lo mataron, estamos obligados a resucitarlo, pero el periodismo colombiano no puede sucumbir a los Arismendis y Gurisatis de turno.

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