SEÑOR CHAR: MÁS INTELIGENCIA, MENOS SHOWS.

La creciente criminalidad en Barranquilla no se combate usando gorras y bailando salsa en los estaderos de la ciudad, sino asumiendo el rol de máximo responsable de la seguridad y entendiendo que no se trata de tener más policías sino mejores ciudadanos.

Por: Alex Guardiola Romero

Barranquilla pasó de la inseguridad “al menudeo” de hace tres o cuatro años, a la criminalidad organizada de hoy, porque la ineptitud y la corrupción dejaron crecer el problema. Las empresas criminales que se incubaron en la ciudad a merced de la falta de oportunidades, la pobreza y el abandono del ser humano en la última década, dominan hoy el panorama sin que se vislumbre capacidad y voluntad de la administración para combatirlas.

Al alcalde le quedó grande el papel de máximo responsable de la seguridad de los barranquilleros y las cifras así lo demuestran, y nunca entendió que la seguridad no se trata de tener más policías sino mejores ciudadanos. Los niños abandonados y con hambre que en el 2008 tenían 10 años, hoy con 20 años hacen parte de estructuras organizadas de delincuencia que van desde el narcomenudeo hasta la prostitución, y eso nos está pasando la cuenta de cobro, porque cuando se olvida al ser humano llega la inseguridad a recordárnoslo. El mes de enero de 2017 fue el más violento del siglo en Barranquilla, y este enero de 2018 va camino de pasar a la historia tristemente.

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No es cierto, como pretenden hacérnoslos creer alcaldes como Char y Peñalosa, que la policía captura a los delincuentes y éstos quedan libres porque los jueces en Colombia sienten una atracción fatal hacia ellos, sino porque las autoridades de policía judicial y la fiscalía han resultado ineficientes, sin imaginación, sin herramientas y sin conocimientos para judicializarlos ya no por robarse una gallina sino por ser parte de organizaciones estructuradas. Los casos presentados ante los jueces tienen fallas absurdas, muchas veces son débiles porque no se tuvo acceso a la tecnología para recabar pruebas cruciales, y también porque -hay que decirlo- nuestros funcionarios de policía judicial y fiscales tienen una sobrecarga de trabajo increíble; por una razón que nadie entiende, en la policía hay más personal dedicado a perseguir a motociclistas y desbaratar fiestas familiares con el ESMAD, que personal capacitado en inteligencia y técnica judicial con herramientas adecuadas.

Pero el problema de la inseguridad en Barranquilla y Bogotá es más de fondo: no puede haber paz mientras no haya pan. Las nuestras son ciudades pobres, desiguales y que en el caso de Barranquilla se ha construido como una gran fachada en la que el exterior se busca que se vea bonito mientras se abandonó al ser humano. Una ciudad que sigue siendo una de las ciudades más desiguales de uno de los países más desiguales del mundo, y con una informalidad laboral del 56,8% (57 de cada 100 trabajos son rebusque), no puede esperar otra cosa que eso se traduzca en inseguridad.

Y el problema también es de herramientas y tecnología. Mientras nuestras ciudades siguen siendo Picapiedras en materia de herramientas tecnológicas de seguridad, los delincuentes organizados son los Supersónicos que evolucionan a un ritmo vertiginoso. No se trata de que no haya recursos con qué dar el salto tecnológico, sino que la obsolescencia de cámaras, líneas 123 y demás, les conviene a unos cuantos que cobran por esa infraestructura y alimentan redes de corrupción que viven de sembrarnos miedo para vendernos seguridad. En el mediano y largo plazo, las nuevas tecnologías resultan más económicas que las actuales, pero sacan del juego a quienes hoy venden máquinas de vapor como si fueran lo último en tecnología. Por eso seguimos en el pasado. Todas estas herramientas de última tecnología existen, se compran fácilmente y ya funcionan en el resto del mundo, como en las grandes ciudades Chinas, los Estados Unidos (especialmente Nueva York), Londres y otras, pero acá no las quieren porque se les acaba el negocio a muchos.

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Los dolorosos episodios de la estación de policía en el barrio San José y el CAI de Soledad 2000, por ejemplo, demuestran que Barranquilla y su área metropolitana no cuenta con las herramientas tecnológicas de avanzada para evitar este tipo de hechos y mucho menos para investigarlos. Si tuviéramos una línea 123 con geolocalización dinámica y software de inteligencia predictiva, y no una mini-central telefónica que funciona de milagro, en solo minutos los investigadores supieran qué números celulares o avanteles estaban en la zona de los hechos, qué ruta siguieron posterior al hecho y de dónde venía cada uno, qué llamadas hicieron antes, durante y posterior a los hechos, qué antecedentes los ubica en hechos similares en la ciudad, qué cámaras de videovigilancia estaban cerca y pudieron grabarlos una vez se produjo la detonación. Hoy, a la policía y la fiscalía les llevará por lo menos 1 mes tener la información para ubicar los celulares que estaban en la zona y que ésta sea validada judicialmente.

Si Barranquilla contara con cámaras de ultra-alta definición con inteligencia embebida, reconocimiento facial con estándares internacionales y filtros de búsqueda y persecución, solo minutos después del hecho supiéramos quiénes estaban en la zona de la explosión, qué ruta siguieron para llegar ahí, se tuvieran imágenes con reconocimiento morfológico de 100 puntos de comparación o más en el rostro, y el registro de grabación protegido para evitar que se altere o se borre. Más aún, si tuviéramos en las estaciones de policía cámaras modernas, éstas hubieran enviado una alerta inmediatamente se detectara el artefacto explosivo lanzado o abandonado y los policías hubieran podido correr a protegerse.

Si no tuviéramos un vetusto helicóptero dando vueltas por ahí sino drones no tripulados inteligentes de seguridad, no solo nos costara apenas el 60% de lo que cuesta operar el helicóptero de la policía, sino que tuviéramos un equipo que iniciara la búsqueda una vez hubiera “oído” la explosión y enviado la alerta automática de persecución a las cámaras del sector, alertado a las patrullas cercanas y trazado la ruta crítica de las ambulancias para llegar al sitio y luego a las clínicas cercanas con los heridos. El modelo de vigilancia por helicópteros que se opera en Colombia para ciudades como Barranquilla y Bogotá, es tan viejo que era el usado en los años 90´s en otras ciudades del mundo y que aparecían en las películas, y a alguien que vio mucha televisión se le ocurrió que en pleno siglo 21 nos podría servir.

Para ser francos, es evidente que el alcalde carece de liderazgo, que ni le escuchan ni le hacen caso en la policía, que los recursos del Fondo de Vigilancia y Seguridad se usan para inversiones en elementos obsoletos e inútiles si se comparan con la tecnología disponible, y que la inseguridad de hoy es producto del abandono de ayer. Barranquilla necesita que el alcalde baile menos salsa y haga más por los seres humanos.

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