MALDITOS OPTIMISTAS

El optimista es el invento perfecto para mantenerte ocupado en otras cosas, es un distractor prefabricado para evitar que asumas que el mundo es insufrible; un optimista es la versión perversa de Dios, o del Diablo, si es que no son lo mismo.

Por: Alex Guardiola Romero

Odio a los optimistas. No entiendo cómo alguien puede ir por este mundo sonriendo por todo y convencido de que toda esta  mierda se trata de una conspiración del universo para hacerte feliz. Eso de que “mejores cosas vendrán” es la talanquera más grande para el progreso humano porque ello supone que todo está bien. Un optimista es, en esencia, un fracasado resignado, un perdedor que asumió que su rol en el mundo es esparcir la semilla de la sonrisa a cambio del dolor. ¿Qué tal que a los optimistas se le hubiera ocurrido pregonar hace seis mil años que debíamos estar agradecidos por la caverna que nos tocó? ¿Qué tal que a los optimistas se les hubiera dado por convencer a los franceses del siglo XIX que tener hambre y ser gobernados infamemente por Luis XVI y María Antonieta estaba bien porque “no hay que andar quejándose por todo”?

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En la vida diaria los optimistas nos han privado de mucho. Desde que a varios de ellos se les ocurrió llamar “emprendimiento” al intento desesperado de un pobre por la sobrevivencia diaria, comenzaron a bajar mentirosamente los índices de desempleo y a subir la sensación de estar haciendo algo que nos lleva a la encrucijada de siempre. Es decir, igual nos vamos a morir de hambre, pero con una sonrisa en la cara por haber sido “emprendedores”. El optimista es el invento perfecto para mantenerte ocupado en otras cosas, es un distractor prefabricado para evitar que asumas que el mundo es insufrible; un optimista es la versión perversa de Dios, o del Diablo, si es que no son lo mismo.

Y hasta tienen “barras bravas”, porque por una razón que desconozco los optimistas suelen agruparse en pandillas; son una suerte de secta que va por el mundo queriendo convencerte a la fuerza, como los Testigos de Jehová o los Mormones, pero sin la promesa del paraíso y la vida eterna porque para ellos ¡el paraíso está aquí!. Saben de sobra que la suya es una droga que deseas tomar con ansias locas, como la cocaína que envalentona al pobre hombre, pero nadie te dice que el síndrome de abstinencia terminará por mostrarte de nuevo la realidad. Ese LSD que te suministra el optimismo ni es duradero ni es sano, y trae como consecuencia una pandilla de zombies que van por el mundo buscando una dosis diaria en medio de esta balacera que es la vida, como lo dijera Fito Páez. Y como el drogadicto que roba para comprar su droga, el optimista necesita que cada vez haya más desesperación para fungir como la solución. En el optimismo, como en toda religión, si al final las cosas no te salen bien la culpa es exclusivamente tuya, porque no fuiste suficientemente positivo y optimista; en otras palabras, no tuviste la suficiente fe. El negocio es redondo: si eres pesimista la culpa es tuya, pero si eres optimista y al final las cosas no se dan, también. Es un círculo vicioso que te atrapa porque parte de la culpa y la autoflagelación como herramientas para mantenerte ahí, buscando ser feliz.

Una particularidad del optimista es que siempre habla de un futuro mejor para que no te fijes en un presente peor. El optimista siempre tiene los ojos puestos “allá” para que te olvides que estás “acá”, para que cambies tu dura realidad por un incierto campo de probabilidades. He llegado a imaginarlos incluso evangelizando de puerta en puerta, diciéndote que traen la receta de la felicidad impresa en revistas con portadas de ensueño. Llegará el momento en que te venderán tu dosis diaria de optimismo a través de los muros de las universidades en forma de pastillas rosadas, porque en el fondo el optimismo no es sino un negocio más, el negocio del “todo va a estar mejor”. La abstracción del optimismo -y por ende del optimista- es la realidad amorfa que se necesita para que sigas funcionando como un autómata.

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Y ya es un movimiento de tintes globales muy extendido y muy estudiado, con aberraciones disfrazadas de teorías. Un optimista llamado Eduard Biosca, que además es humorista y pseudoescritor y que espero nunca conocer, dice que “El optimismo global, a diferencia del optimismo particular, no tiene una visión positiva de algo concreto o de nuestra vida sino del futuro del ser humano en general”. Imagínense tamaña estupidez, cuando cada día nos damos cuenta no solo de nuestra inviabilidad como especie sino de la urgente necesidad de que la naturaleza tome correctivos en nuestra contra. Pero el mundo necesita de los optimistas, porque la felicidad tiene en la mentira a su cómplice perfecto, quizás porque ambas cosas son invenciones necesarias para sobrevivir, no vaya a ser que un día nos demos cuenta de la verdad.

Debo confesar, con vergüenza y arrepentimiento, que a veces he sido optimista. Confieso que le he dicho a personas que sufren que habrá un mejor futuro, que su vida será mejor y que todo pasa por algo; confieso que he convencido a desgraciados que su sufrimiento tiene un propósito, como si el dolor fuera simplemente solo un escollo necesario para ser felices. Lo peor, es que yo mismo me he engañado, yo mismo me he drogado con esa pastillita rosada que es la felicidad, muchas veces he sonreído ante la debacle dejando de mirar el ahora para comenzar a soñar el mañana. Todos en algún momento hemos dicho “todo estará bien” a sabiendas que la vida no es sino una espiral que empeora. Todos nos hemos mentido siendo optimistas.

El optimismo es una pseudociencia que incluso te vende medicamentos para hacerte feliz; pero lo curioso es que esos elefantes rosados que te hacen ver las píldoras de la alegría solo te visitan cuando compras el medicamento costoso que enriquece a algunos, ellos sí muy felices. Tratar de sostener semejante construcción social ha llegado al colmo de contar con validadores como la universidad de Harvard. Un estudio de la escuela de salud pública de Harvard relaciona al optimismo con un menor riesgo de las mujeres de morir por cáncer, enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares, enfermedades respiratorias o infecciones. Las conclusiones son para mi aterradoras: los investigadores de Harvard dicen que las mujeres más optimistas de su estudio, tenían un 52% menos de riesgo de morir de infección, un 39% menos de hacerlo de ictus, un 38% menos posibilidades de morir de enfermedad cardíaca o respiratoria y un 16% menos de hacerlo de cáncer. Yo solo quiero decirles, señores de Harvard, que si el optimismo evitara la muerte, los payasos serían inmortales. Además ¿a qué clase de idiota le interesa la inmortalidad?

Pido que cese la persecución contra nosotros los pesimistas. La cosa ha llegado tan lejos, que hoy en día decirle a alguien “pesimista” es sinónimo de insulto, como si todos estuviéramos obligados a andar por la vida con una sonrisa en los labios mientras nos embargan la casa por las deudas que, curiosamente, adquirimos en un ataque de optimismo. Simplemente hay quienes llamamos las cosas por su nombre, quienes dejamos de buscarle eufemismos positivos a la realidad, y si por eso nos llaman pesimistas qué más da. De los quejosos y pesimistas es el reino de la evolución social humana. Quejarse es entender que nada está bien y que debemos cambiarlo todo. No vaya a ser que venga un optimista a decirnos lo contrario y nos terminemos conformando con ser felices. Cuando por fin seamos felices, entonces ya no habrá razón para vivir.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Toda la verdad. Los optimistas son imbéciles siempre en grupos, cogiendo y procreando en un mundo de mentiras.

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