GUERRAS DE OPINIÓN: LA INFORMACIÓN COMO ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

El escenario de guerra de opinión antecede a cualquier intervención militar de occidente. Antes de la intervención militar, es menester “fabricar el consentimiento” de la población, y los medios de comunicación son el instrumento preciso.

 Por: Alex Guardiola Romero

Las guerras de la primera parte del siglo XXI son construcciones sociales a partir de la utilización de los medios de comunicación tradicionales y no tradicionales, y no conflictos en sus formas clásicas, razón por la cual los generales son cada vez menos importantes y, en cambio, sí cobran mayor relevancia los estrategas políticos y de comunicaciones. Las bombas más destructivas de estas nuevas guerras no son aquellas que explotan en los territorios, sino la difusión de información con una intencionalidad marcada que moldea a la opinión pública para que asuma que lo que sucederá no solo es inevitable sino justificado. La “guerra blanda” sitúa ya no a las balas sino a la información en distintos formatos, como la munición más importante para librar la batalla. Podría afirmarse que estamos viviendo la época de las “guerras de opinión”, una nueva forma de conflicto no menos letal que las anteriores.

El discurso legitimador extendido con vectores de viralidad por distintos medios, especialmente en la Internet, hace que los primeros en desembarcar en un conflicto no sean los soldados sino los periodistas. De ellos depende la propagación de la difamación, la construcción de un imaginario que sitúa al enemigo a atacar en el bando de “los malos” y crea como necesaria la intervención de “los buenos”. Se pretende con ello, ni más ni menos, que tras la difamación orquestada y la utilización fraudulenta de las herramientas de comunicación, llegando incluso a patrocinar acciones terroristas que subrayen la zozobra, haya un consenso respecto de la necesidad de intervenir, validando las acciones posteriores y las operaciones para “el restablecimiento del orden”.

Se financia y prepara a grupos específicos encargados de iniciar las acciones que justifican la intervención, financiando por ejemplo a “lobos solitarios” que ejecutan acciones terroristas, para posteriormente invocar la defensa contra el terrorismo como piedra angular de una intervención, o se hace florecer “primaveras” que terminan por derrocar gobiernos para organizar nuevos regímenes que garanticen el acceso al petróleo y el gas, pero disfrazadas las operaciones como apoyo a la libertad y la democracia. En resumen, se actúa con piromanía para justificar las mangueras que apaguen el incendio.

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GUERRAS DE OPINIÓN COMO EXPRESIÓN DEL DARWINISMO SOCIAL

Las razones por las cuales se saltó de la guerra asimétrica, la guerra electrónica, la guerra económica y la guerra gris, a una “guerra blanda” y finalmente a las “guerras de opinión”, son varias y responden a la evolución aún en marcha del concepto de confrontación enmarcados en la tesis del dawinismo social. Para empezar, es claro que las guerras de hoy se fabrican, porque un mundo sin guerras no permite la supervivencia del más apto, esto es, el de mayor capacidad para subyugar al otro. La guerra, en cualquier formato, genera riquezas para unos pocos tanto como muerte y destrucción, y es un mecanismo comprobado de selección natural para la implantación de un nuevo orden dominado por los más aptos.

No en vano los primeros en utilizar a la información como munición en sus guerras fueron, precisamente, los oficiales de la Alemania Nazi, instituyendo a Joseph Goebbels como ministro de ilustración y propaganda. Esa supervivencia “del más apto” o del genéticamente puro, una versión instrumental y moderna de la eugenesia, introdujo el poder de la información como validador de una tesis y como sustento de la necesidad de una guerra.

La noción de que las guerras son necesarias ha tomado carrera entre los economistas.  Los estrategas de Goldman Sachs, Christian Mueller-Glissmann y Alessio Rizzi, dijeron a medios de comunicación a comienzos de julio de 2017, en declaraciones reproducidas por la agencia Reuters, que un gran shock como una recesión o una guerra es lo que normalmente logra despertar los mercados de las recesiones. Así las cosas, se viene a entender que las guerras no se producen por generación espontánea, sino que son eventos perfectamente organizados en el tiempo cuya intencionalidad es producir riquezas para quienes más tienen y para hacer más fuertes a quienes ya lo son. Las guerras son el método de “selección natural” moderno, la supervivencia del más apto.

LA PRODUCCIÓN DEL CONSENTIMIENTO

La capacidad de influir en el público a través de mensajes en distintos formatos, no es nueva, razón por la cual que ello sea utilizado en la preparación de las guerras modernas no debe sorprendernos. Desde la teoría de la aguja hipodérmica hasta nuestros días, es claro que los seres humanos somos influenciables, maleables si se quiere, y todo ello se basa en que somos personas híper-informadas sin capacidad de análisis. En otras palabras, no podemos o no queremos analizar las cosas y los acontecimientos más allá de lo obvio, pese a que tenemos acceso a la información, y esa es la herramienta que utilizan las “guerras de opinión”. Chomsky (1993), refiere la que podría llamarse la primera vez que se moldeó a la opinión pública a favor de la guerra:

“Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político…”[1].

Hoy, el escenario de guerra de opinión antecede a cualquier intervención militar de occidente, habiéndose convertido en un modelo común a cualquier conflicto. Antes de la intervención militar, es menester “fabricar el consentimiento” de la población, tal y como lo detallaron Chomsky y Herman (1989)[2]. Dicho modelo, se usa para movilizar o producir una emoción de simpatía en el público en general hacia la necesaria intervención para ayudar a las víctimas, generando una antipatía generalizada para quienes se suponen son los agresores. El profesor Francisco Sierra, por su parte, señala que “(…) Los medios tienen, por ello, como función crear las condiciones adecuadas para mantener los verdaderos objetivos de la intervención oculta a la opinión pública y difundir, en su lugar, un objetivo de tipo simbólico, imaginario, que refuerce el apoyo de la población (…)”[3].

GUERRA 1

Los manuales militares ya se refieren a la utilización de esa herramienta de fabricación del consentimiento, pero los periodistas y medios de comunicación masiva, en su ya tradicional ego superlativo, lo siguen negando. Decía el estratega militar Steven Metz que “(…) Debemos fomentar un consenso general para apoyar el empleo de la fuerza y sólo se puede lograr lo anterior usando objetivos imprecisos y simbólicos, que constituyen una base estratégica muy débil. Cuando existen reales objetivos, normalmente son secretos (…)[4]. En estas guerras de opinión, antes de vencernos primero nos convencen.

EL “EJÉRCITO-RED”

Bien podría decirse que hay una nueva fuerza de tareas especiales: el “ejército-red”, definido como la fuerza de tarea especial que tiene como misión librar las batallas en la internet y los medios de comunicación, conformada ya no por Marines sino por soldados opinadores, que busca generar una matriz de opiniones que bien pueden transformarse en “primaveras” al estilo árabe o en levantamientos “populares” al estilo Venezuela. En todo caso, la difusión masiva por los medios tradicionales y no tradicionales aún encuentra resistencia, dado que el ciber espacio deja la opción de mostrar con pruebas que los vectores de opinión en marcha son una construcción social virtual, razón por la cual se han dejado en evidencia los montajes -un video que muestra cómo CNN “fabrica” una protesta- o a los verdaderos participantes de una revuelta como en el caso venezolano, donde se supone no hay comida pero los manifestantes usan máscaras de gas de varios cientos de dólares.

Ese moldeamiento de la opinión hace parte de las llamadas “operaciones psicológicas” introducidas en múltiples agencias de seguridad de los Estados Unidos, a tal punto que existe un Equipo de Apoyo de Información Militar (MIST) con sede en Washington, D.C., que estuvo involucrado -por ejemplo- en la llamada “primavera árabe”. ¿Cómo entender que pueblos con costumbres distintas a las occidentales convoquen protestas por medio de redes sociales para derrocar a un gobierno, o que la utilización de esas mismas redes sociales presente un sospechoso crecimiento en esos países en menos de una semana? La internet fue, en este caso específico, el portaaviones que inició los cambios en oriente medio, donde hoy el caos se magnificó y la muerte se multiplicó solo para lograr petróleo más barato.

Tradicionalmente, Estados Unidos ha privilegiado el control de las comunicaciones internacionales como principal estrategia de propaganda en la confrontación bélica regional. Así , por ejemplo, continuando con esta estrategia de control y dominio de los sistemas de comunicaciones, en Oriente Próximo el poder informativo de la BBC y la Voz de América ha sido complementado por diversas alianzas político-mediáticas con países amigos como Arabia Saudí a través de empresas multimedia como NBC, ORBIT Communications y la Arab Network Agency, en la particular cruzada occidental contra el avance islámico y los movimientos políticos nacionales antiimperialistas que afectan a los intereses estratégicos de Estados Unidos en la zona”[5].

Existe una curiosa dicotomía, y es que mientras la gente cada vez cree menos en los medios de comunicación y en los periodistas en general, todo parece indicar que se sigue confiando en alto grado en los contenidos transmitidos por éstos y por “lo viral” en Internet. Es decir, se cree menos en quien emite el mensaje, pero el mensaje sigue teniendo un efecto importante en el público, lo cual parece magnificarse cuando ese mensaje acude a la extensión de una idea en la “masa”, pues el comportamiento que busca suscitar o la idea que pretende inculcar se manifiesta de manera más visible en la mentalidad de masa, quizás porque ello excusa al sujeto de asumir la responsabilidad de su comportamiento individual, bajo la premisa de que los otros lo están haciendo también. La culpa, la medida ética y la responsabilidad, se diluye en el grupo, en la muchedumbre, en la masa y en el supuesto anonimato que provee la Internet.

Respecto del caso venezolano, el periodista colombiano Jorge Espinosa publicó en julio de 2017 un documento sobre lo que de verdad estaba sucediendo en Caracas, con base en una visita que él mismo hizo a la capital venezolana. En su columna “Lo Que Vi En Caracas”[6], Espinosa cuestiona la veracidad del enfoque que medios colombianos daban a la situación venezolana, y finaliza haciendo un llamado que uno creería está sobreentendido en el periodismo: “Invito, además, a que los colegas duden de las noticias que son solo catastróficas. Uno puede, en lo personal, creer que Maduro es un desastre y que la revolución ha sido un fracaso. Pero eso no da licencia para contar solo una parte de la historia”. Ese contar solo una versión de los hechos no es casual, sino la demostración de que hay una estructuración de un discurso validador. El mismo día en que Espinosa publicaba su columna, otros opinadores como Manuel Teodoro y Abelardo De La Espriella, desde sus espacios[7], comenzaron a sondear la opinión pública e hicieron un llamado: la muerte de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, era necesaria. Sobra decir que Venezuela tiene una de las más grandes reservas de petróleo del mundo.

EL EJEMPLO SIRIO

Cuando en abril de 2017 se produjo en Siria un ataque con armas químicas en el marco del conflicto que desde 2011 se vive en ese país, era común ver que se reproducía en redes sociales las imágenes y videos de niños agonizantes como consecuencia del ataque, fenómeno que se viralizó en pocas horas y que generó en la opinión pública de occidente la sensación de que había que hacer algo al respecto. Pocos días después, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, desplegó un bombardeo con misiles contra posiciones del ejército y la aviación Siria, lo cual generó la sensación de que el país más poderoso del mundo estaba “haciendo algo” para evitar la barbarie; sin embargo, lo curioso es que esos ataques causaron un número indeterminado de bajas civiles que muchos contabilizaron en una centena, incluidos niños, casi tantos como el ataque químico que le precedió, pese a la insistencia de acuñar términos como “ataques de precisión quirúrgica” y “bombardeos preventivos”. La noción de que hay guerras buenas, o necesarias por lo menos, es una pretendida interpretación de cuando quienes están en la cúspide de ese darwinismo social quieren -¿necesitan?- que haya un conflicto; es decir, la guerra es buena cuando la lidera occidente, y mala cuando la hacen los otros, o por lo menos eso buscan que creamos.

¿UNA GUERRA “NO GUERRA”?

El impacto que tiene la televisión en el público ha construido una representación de la guerra como una invención de Holliwood. Ya casi parece que la guerra fuera un juego de video, no un drama real; los muertos y afectados son cifras, las imágenes de la televisión tienen el mismo formato de los juegos y tendemos a creer que los conflictos son cosas que les ocurre a otros, en lugares distantes, y que no nos afecta a nosotros. Esa “cotidianización” de la guerra impacta en el público, quien comienza a concebir al conflicto como algo normal y corriente, disminuyendo su oposición a que suceda. Ese es el objetivo: que asumamos a la guerra como parte de nuestra vida diaria y, por ende, normal.

Al estar familiarizados con la guerra, al estar de acuerdo con una intervención militar necesaria, se disminuyen las posibilidades de oposición interna y externa a un conflicto y se aumenta la confianza en una “guerra aséptica” o de “precisión quirúrgica”, un formato que nuevamente nos remite a los juegos de video y que banaliza la estela de muertes de toda guerra. Esta tendencia cobró especial auge tras los descalabros de guerras como Vietnan y sus predecibles consecuencias en la salud mental de sus combatientes; el número de bajas propias, el impacto de jóvenes muertos o mutilados volviendo a casa, hizo necesario un nuevo formato en el que las personas asumieran a la guerra en un universo supra real, de tal forma que ahora los veteranos de guerra son exhibidos como héroes trofeos mientras se oculta sus desgracias.

¿CUÁL CUARTO PODER?

La extendida creencia de que el periodismo y los medios de comunicación son el cuarto poder, viene a ser cuestionada en estos momentos de la realidad de la humanidad. Queda claro, entonces, que las Guerras de Opinión no son una invención, ni mucho menos, y que ello no se refiere solamente a formas de conflictos circunscritas a lo militar, sino que también incluye capítulos de “guerra económica”, todo ello usando a los medios de comunicación y a los periodistas como un arma más. Es el periodismo, los medios de comunicación y la internet, un títere manipulado en función de intereses superiores, aunque insistamos en mostrarlos como todopoderosos voceros de los ciudadanos.

El periodismo no es el cuarto poder, sino un vulgar instrumento de los otros poderes.

NOTAS:

[1] CHOMSKY, Noam. Fabricando el Consenso: El control de los medios masivos de comunicación. Buenos Aires – 2004 (Edición original: 1993). Recuperado el 10 de julio de 2017 en https://lascampanas.files.wordpress.com/2012/03/chomsky-fabricando-el-consenso.pdf

[2] CHMSKY, Noan; HERMAN, Edwar:  Manufacturing consent: The political economy of the mass media, 1988. Pantheon Books.

[3] SIERRA, Francisco. Sistemas de Información y Vigilancia: Nuevas tecnologías de la comunicación y control social. Recuperado el 10 de julio de 2017 en: http://www2.uned.es/ntedu/espanol/master/primero/modulos/teoria-de-la-informacion-y-comunicacion-audiovisual/infoguerra.htm

[4] METZ, Steven. “Victoria y Compromiso en la Contrainsurrección”. Military Review, Noviembre-Diciembre, 1992

[5] NABA, René. Guerre des ondes…guerre des religions : la bataille herzianne dans le ciel méditerranéen, L´Harmattan, París, 1998. Citado por SIERRA, Francisco, en Sistemas de información y vigilancia Nuevas tecnologías de la comunicación y control social.

[6] Espinosa, Jorge. Lo Que Vi En Caracas, columna de opinión. Diario El Espectador, julio 09 de 2017. Recuperada en http://www.elespectador.com/opinion/lo-que-vi-en-caracas-columna-702275.

[7] De La Espriella, Abelardo. Muerte Al Tirano, columna de opinión publicada por diario El Heraldo, julio 09 de 2017. Recuperado en https://www.elheraldo.co/columnas-de-opinion/muerte-al-tirano-380143

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