ELOGIO DE LA VEJEZ

Pasamos cuarenta años viviendo y los otros cuarenta huyendo de la muerte, como si al final pudiéramos evadirla. La vejez me ha regalado la virtud de saber que ser feliz no tiene porqué traer sobresaltos.

Por: Alex Guardiola Romero

Uno sabe que está viejo cuando espera el viernes no para salir de fiesta, sino para poder levantarse más tarde al día siguiente; al final, uno termina despertándose a la misma hora de siempre, casi de madrugada, y corre a buscar en qué ocuparse, porque estar viejo y desocupado es ser doblemente infeliz. Y no digo que tenga 70 años, sino que hoy los fanáticos de la juventud nos consideran viejos cuando detestamos el reggaeton, o cuando insistimos en no hablar pendejadas, o cuando comprendimos que no tiene sentido armar un dantesco espectáculo de cada decepción amorosa, por muy pequeña y trivial que sea, porque los “viejos” adquirimos la sana costumbre de amar en silencio.

Yo, que a los 20 años era un joven recién envejecido, he aprendido a lidiar con la obsolescencia programada que me tocó. No le encuentro gracia a embutirme en una discoteca asfixiante y estridente a bailar una gritería obscena a la que llaman “música”; en cambio, cultivo el arte de la palabra y las conversaciones embriagantes en sitios donde la música aún me deja escuchar a mi acompañante, y donde la urgencia de emborracharse no me da estatus.  Privilegio la calidad, no la cantidad, de tal forma que no me mido como amante por la cantidad sino por hacerme inolvidable, entre otras cosas porque a los viejos nos angustia conseguir la inmortalidad.

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Y aprendí a amar en calma. La vejez me ha regalado la virtud de saber que ser feliz no tiene porqué traer sobresaltos. También, que los amores desechables solo llenan un vacío que al día siguiente se hace más grande, razón por la cual el amor ha ratificado su talante de trampa mortal que solo busca preservar la especie, como si estuviéramos volviendo al estadio anterior a los monos. El amor de nosotros, los viejos, está hecho de nostalgias, no de premuras, y las canas nos han servido para saber que nadie se muere de amor, aunque preferimos vivir de él, porque cuando alguien se va no puede llevarse los recuerdos, los cuales podemos traer de presente cómo nos dé la gana, al fin y al cabo qué es un viejo sino una hemeroteca de recuerdos guardados en recortes archivados al arbitrio del acechante Alzhéimer.

El dolor en la rodilla, por ejemplo, me enseñó que el mejor fútbol es el que ves desde la tranquilidad de tu sofá en un televisor de pantalla gigante y ultra alta definición, porque eso de sudar tras un balón es memoria inolvidable de tiempos que no volverán. Cuando uno está viejo, no tiene sentido acumular músculos, pues lo primordial es evitar que la muerte haga lo suyo a cuenta gotas. Es que pasamos cuarenta años viviendo y los otros cuarenta huyendo de la muerte, como si al final pudiéramos evadirla, por eso, coqueteamos tanto con ella que nos acostumbramos a verla de pie junto a nuestra cama vigilándonos el sueño; pobrecita, nos desea tanto que termina por enamorarse.

gardel

Para qué volver a tener veinte años, si estar viejos nos da un aura de superioridad moral que disfrutamos. Nos vemos a nosotros mismos cuando teníamos veinte y nos damos risa, aunque no falta quien lo anhele, porque lo único peor que ser viejo es serlo intentado disfrazar el paso del tiempo. Aquello de que la juventud es una edad mental, es solo el vano intento por aferrarse a ella de quienes no han sabido vivir. Es ridículo, por decir lo menos, ver a un hombre deteriorado embutido en unos jeans apretados con una camisa que lo ahoga tratando de disertar con una veinteañera sobre la influencia del reggaetonero de moda en la rumba de los jueves. Quien no acepta su vejez está condenado a morir joven, desgracia infinita, y es que la vejez entraña una dignidad que la juventud no conoce. La muerte es inevitable, la juventud, en cambio, es opcional.

Yo, que casi cumplo 39, solo espero ser lo suficientemente “viejo” como para disfrutarlos, porque tenía razón Gardel: veinte años no es nada.

 

Bogotá, febrero 21 de 2017

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