TODOS MATAMOS A YULIANA

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Endurecer las penas –con pena de muerte, por ejemplo- no hace que desaparezca o disminuya la comisión del delito, o extingue a los agresores, pues cuando la sociedad está podrida por dentro éstos se siguen multiplicando.

Por: Alex Guardiola Romero

Sucede con frecuencia que quienes vociferan y piden pena de muerte para casos tan aberrantes como los recientemente vividos en Colombia, no quieren justicia sino venganza. Existe una enorme diferencia entre una sociedad que se venga y una que hace justicia, pero es sideral la diferencia entre una sociedad que exige venganza y una que previene la comisión de absurdos como el de Yuliana Samboní. Para empezar, está demostrado en la teoría penal y social que endurecer las penas –poniendo pena de muerte, por ejemplo- no hace que desaparezca o disminuya la comisión del delito, o extingue a los agresores, pues cuando la sociedad está podrida por dentro éstos se siguen multiplicando. En resumen, la fiebre no está en las sábanas.

A todos nos desgarra la dolorosa tragedia de Yuliana Samboní; tenemos la rabia a flor de piel, pensamos en nuestros propios hijos y resulta apenas humano estallar por semejante atrocidad, pero linchando al delincuente solo nos asemejamos a él, solo logramos ser un delincuente más. Estallamos con ira y cohonestamos un linchamiento social como forma de esconder nuestras propias responsabilidades, porque no hay nada más parecido a nosotros que aquello a lo que decimos odiar.

yuliana

Todos matamos a Yuliana. El único victimario de Yuliana no fue Rafael Uribe Noguera, sino toda una sociedad que cree que está bien que unos pasen hambre y otros desperdicien el dinero. La familia Samboní llegó a Bogotá huyendo de la guerra que los desplazó y de la miseria que los acorraló. Todos matamos a Yuliana cuando no hemos sido capaces de acabar la guerra, cuando la oportunidad de terminar el conflicto cayó en manos de otros linchadores, los que lincharon a la paz. Todos matamos a Yuliana cuando no hemos sido capaces de redistribuir la riqueza y dejamos que la concentración y la desigualdad campeen en Colombia. Si la familia de Yuliana no hubiera tenido que emigrar a Bogotá buscado qué comer, ella jugara en los campos de su pueblo natal en los fértiles campos del Cauca. Y todos seguimos matando a Yuliana cuando justificamos la injusticia, cuando amamos a quien nos explota en una especie de “síndrome de la esposa maltratada”, y cuando miramos indiferentes hacia otro lado pensando que “eso no es conmigo”. Seguimos matando a Yuliana cuando, una vez pasa la rabia, nos convencemos de que todo está bien. Y nada está bien. Nosotros no estamos bien, admitámoslo.

Basta con mirar la actitud de algunos medios de comunicación frente a las primeras revelaciones en el crimen de Yuliana, para saber que vivimos en una sociedad en la que se rinde pleitesía al poderoso. El nombre de la niña lo dijeron inmediatamente, pero el del agresor solo fue revelado pasadas muchas horas y gracias a la presión social, no porque los medios temieran equivocarse, sino porque fueron advertidos de que el involucrado era miembro de “una prestante familia” y recibieron llamadas de los asesores de prensa del presunto agresor (sí, tuvieron tiempo para contratar una firma asesora de prensa) indicándoles que no era conveniente revelar la identidad de Rafael Uribe Noguera. En la noche del domingo 4 de diciembre llegaron mensajes a los medios pidiendo prudencia, se les dijo a los directores que evitaran las referencias personales. Los reto a que me desmientan.

Y en unas semanas nadie se acordará de Yuliana. Cada tragedia tapa a la otra en Colombia; cada horror supera el anterior, mientras olvidamos selectivamente y seguimos inermes sintiéndonos importantes en una sociedad desigual, mientras nos hacemos los de las gafas creyendo que las injusticias tocan a otros y no a nosotros. Seguiremos pensando que “la gente de bien” merece toda nuestra indulgencia, mientras hacen y deshacen en una frenética orgía en la que nos roban y nos matan, y nos robamos, nos dejamos matar y matamos en su nombre. Ojalá, como en el poema de Martin Niemöeller, cuando vengan por nosotros ya no sea demasiado tarde.

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