DELFINES DEPREDADORES

De cómo una generación de “delfines” derrocha indolencia y vileza, y de cómo la sociedad colombiana los ama inexplicablemente.

 Por: Alex Guardiola Romero

Todo parece indicar, a juzgar por la realidad colombiana, que la bellaquería es hereditaria. Por lo menos la vileza de los “delfines” políticos que ostentan posiciones de privilegio en distintas instancias gubernamentales, pareciera tener antecedentes genéticos. El secretario de gobierno de Bogotá, Miguel Uribe Turbay, de cuya oficina salió el concepto en el que culpan a Rosa Elvira Cely de su propio y cruel asesinato y violación, es nieto de Julio César Turbay Ayala, el tristemente célebre expresidente del Estatuto de Seguridad que instituyó la tortura y la violación de derechos humanos en Colombia. El expresidente se hizo famoso, además, por su demostrada escasa inteligencia y sus peores pronunciamientos públicos; su nieto va en el mismo camino, más rápido si se quiere.

Como si fuera poco, el secretario de gobierno es hijo de Miguel Uribe, recordado por su vinculación a uno de los escándalos de corrupción más oscuros y dolorosos de la historia de Colombia: el desfalco al Banco del Estado. Pero para demostrar que no hay delitos de sangre, Miguel Uribe Turbay ha construido su propia fama a punta de episodios como el citado concepto en el que culpan a la víctima de su propia muerte; como colofón y al estilo de su abuelo, Uribe Turbay dijo desconocer lo que sus funcionarios escribieron al respecto. Es decir, el secretario de despacho encargado de la seguridad y la convivencia en Bogotá, confesó que no es capaz de controlar a sus propios empleados.

DELFINES

Enrique Peñalosa Londoño, actual alcalde de Bogotá, es hijo del exministro de agricultura Enrique Peñalosa, quien sepultó la reforma agraria en la década de los años 60´s, perpetuando una confrontación armada entre cuyos orígenes está la inequitativa propiedad de la tierra productiva. Para decirlo claramente, gracias a que el padre del actual alcalde de Bogotá mandó a la porra la reforma agraria, hubo masacres, desplazamientos y asesinatos en un conflicto armado de orígenes rurales que pudo acabarse o atenuarse con la reforma agraria. Para honrarlo, en un acto pletórico de estupidez, el Peñalosa alcalde dijo a propósito de la crisis por falta de ambulancias que su gobierno creó, que en todas las ciudades del mundo muere gente esperando una ambulancia, dejando claro su talante de negrero para quien todos los que no estén a su altura son desechables. Por cierto, una vez el Peñalosa alcalde dijo también que le tocó trabajar en un oficio tan de poca monta como la construcción, que él era el único “no negro” del grupo de trabajadores.

A la nieta del expresidente beodo que en su juventud envió sendas cartas apoyando a Hitler en plena masacre de los Nazis contra el mundo, un buen día se le escapó una “solución final” para no devolverles a los indígenas las tierras que grandes empresarios les robaron a sangre y fuego en el Cauca. A la senadora Paloma Valencia se le ocurrió que había que dividir al Cauca entre indígenas y mestizos, y de inmediato a uno se le vienen a la memoria el Muro de Berlín o el Muro de la Infamia que divide a israelíes de palestinos. Lo peor es que no es un error de cálculo o una propuesta suelta, sino una convicción ideológica.

Pero hay otros casos. Un “hijo de” que no sabe leer siendo presidente de la Cámara de Representantes, otro que posa en fiestas con criminales que se dedican al mismo oficio de quienes asesinaron a su padre, y otro que defiende a gobernantes que en realidad son amos y señores del narcotráfico y el contrabando que su padre tanto denunció. Los llaman “delfines”, pero son depredadores en todo el sentido de la palabra. El mérito político y social de esos rozagantes y caprichosos personajes es ser “hijos de” o “nietos de”. Nada lo han logrado por sí mismos, pese a haber crecido con los beneficios que les otorgó el disfrutar de las mieles del Estado, pese a haberse educado con nuestros impuestos, y pese a tener a su disposición todo lo que a los demás nos negaron. Tener todo no los hizo mejores personas ni más inteligentes, solo les interiorizó la convicción de que los demás somos ciudadanos de tercera, una plebe a su disposición a la que vilipendiar y que sin embargo los ama.

Muchos colombianos aman y sostienen a los “delfines” porque, no tan en el fondo, se aferran a los vestigios virreinales que amalgaman a una sociedad de castas, una monarquía a la sombra en la que se saca a relucir el linaje y el abolengo como manera de recordarle al otro que es un “don nadie”, como forma de ratificar que el poder y el dinero les pertenece a aquellos por designio divino. Los delfines son el rostro con el que nos inculcan que no somos sino una pléyade de mulatos impíos destinados a servirles a los monarcas, sus príncipes mimados y a su séquito de cortesanos arribistas. Y lo peor es que nos gusta; padecemos del síndrome de la esposa maltratada, sentimos una suerte de atracción fatal por los apellidos que nos han robado, por los hijos de quienes exprimieron a nuestros padres y estamos dispuestos a llevar al poder a quienes dañarán el futuro de nuestros hijos. Aplicamos nefastamente aquello de “más vale malo conocido” no por falta de memoria histórica, sino con la esperanza de que un día estemos en la línea de sucesión, de que pronto nos toque a nosotros.

Como si se tratara de las leyes de Murphy, todo es susceptible de empeorar. Otra generación de delfines, aún más nefasta y peligrosa, emergió y se posicionó recientemente en el concierto nacional: los delfines de la muerte. Lo único peor que la generación de delfines políticos, es la generación de delfines de la criminal bandola que asaltó el poder para convertir a Colombia en una gigantesca fosa común. Los delfines criminales son depredadores, cínicos y sanguinarios, y quieren también ser la siguiente generación de mandamases en el país. Dios nos coja confesados.

Lo único peor que un nieto de Turbay Ayala, es un hijo de Uribe.

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mayo 17, 2016. Etiquetas: , , , , , , , , , , , . Uncategorized.

2 comentarios

  1. Camilo replied:

    Una visión muy acertada y quizás muy maquiavélica que nos muestra, y hasta nos puede enseñar que la pobresa en colombia no es de recursos naturales o financieros, la pobreza del colombiano es mental…..y solo podemos cambiarla educando y formando a nuestros hijos, que son el futuro de nuestra nación.

  2. enaramarillo replied:

    Que buen artículo!

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