EL ARROZ CON MANGO DE LOS DICHOS POPULARES DEL CARIBE COLOMBIANO

Camina más que loco estrenando pueblo”.

Dicho popular del Caribe Colombiano.

 

Por: Alex Guardiola Romero

La riqueza lingüística y la narrativa popular del Caribe colombiano son poéticas por antonomasia. Sus dichos populares lo son aún más, no solo por la variopinta y humorística construcción de sus frases de belleza sin límites, sino porque sintetizan la realidad de una manera que solo es posible en la imaginación de un genio. A la mujer hermosa se le llama “bollo”, como exquisita metáfora gastronómica referida a la “… pieza esponjosa hecha con masa de harina y agua y cocida al horno…”, como lo define el diccionario de la Real Academia Española, una comparación elaborada que nos remite al nacimiento conjunto de los placeres sexuales y alimenticios; por eso, cuando una dama exagera haciendo alarde de su belleza, o cuando no la posee, o simplemente cuando una contrincante la quiere demeritar, recurre al dicho popular “se cree bollo y no aguanta ni mil barras de queso”. No sobra aclarar que la “barra” es la moneda popular del Caribe colombiano, donde no se tasan los precios en pesos, dólares o euros, sino en sonoras “barras”. “El Flecha” el inolvidable personaje de Sánchez Juliao, define la barra como “la unidad monetaria de república soberana e independiente de la legalidad”. Una carrera de taxi desde el centro de Barranquilla hasta el barrio El Prado vale seis mil barras, por ejemplo.

Cuando resulta un grupo de personas similares entre sí, o que siendo diferentes comparten intereses en común, se dice que “los burros se juntan pa´ rascarse”, o se dice que “son cucarachas del mismo calabazo”. Así son llamados por las esposas celosas los grupos de amigos entregados a la fiesta los fines de semana, una expresión que más que despectiva es un reconocimiento a la homogeneidad que solo es posible en un grupo de compadres parranderos que se apoyan mutuamente para poder escapar del yugo de sus relaciones. Incluso, y sin el mínimo asomo de racismo, se dice que “ellos son blancos y se entienden” cuando no hay manera de saber cómo logran estar de acuerdo en algo dos o más personajes aparentemente disímiles. Como si los morenos fuéramos incapaces de lograr acuerdos y entendimientos.

De los políticos neófitos, aquellos que no están preparados para asumir ciertas dignidades pero que gozan de amigos en los medios de comunicación quienes los vuelven famosos a punta de mencionarlos hasta en las noticias sobre los bailes de carnaval, se dice que son “nísperos madurados con periódico”, refiriéndose a la costumbre de los abuelos de madurar envolviendo en hojas de periódico la dulce fruta que crece en gigantescos árboles en los patios de las casonas del Caribe. Y en esa extraña poesía que es la realidad cotidiana, puede usted encontrar que cuando visitamos a la abuela, nos ofrece como merienda un níspero dulzón que hasta hoy estuvo envuelto por la página de El Heraldo en la que se da cuenta de una fiesta de disfraces en el Country Club, en la que aparece a todo color el muchachito sin mérito que resultó siendo alcalde de la ciudad. Un níspero, sin lugar a dudas, y no precisamente por lo dulce.

Un manduco es un trozo de madera con forma de bate pequeño que antiguamente utilizaban las lavanderas para golpear la ropa con el fin de despercudirla. Por este instrumento, las lavanderas desarrollaban especial cariño en razón de su efectividad, motivo por el cual era común que algunas tuvieran consigo la herramienta durante mucho tiempo, una especie de equipo lavandera-manduco que tenía su propio sello. Por eso, cuando una persona es muy tradicional o no se deja deslumbrar por la novedad, o cuando una mujer no abandona a su marido por un muchacho más joven, en el Caribe Colombiano se dice que “lavandera vieja no cambia su manduco”; esa procacidad –llámelo doble sentido, si prefiere- que es un eje transversal en todo el lenguaje del Caribe, le otorga un valor fálico al instrumento de lavado, lo cual es solo otra muestra de la belleza y amplitud del español que se habla en el Caribe colombiano. Por si acaso, “manduco” se utiliza también para referirse al miembro viril masculino.

Pero allí no paran las referencias al lavado de ropa en los dichos populares del Caribe. Si una persona es egoísta y no comparte algo, pero aún así se niega a utilizarlo él mismo, como la muchacha que no le da el sí al joven que lleva meses rogándole amor pero que se molesta si otra lo mira, se dice que “ni lava ni presta la batea”; por si no lo sabe, una “batea” es un lavadero en forma de corazón que se utiliza para lavar la ropa, así que no hay expresión más duramente bella y con mayor dosis de realidad que este dicho popular.

La infalibilidad de la que presumimos en el caribe colombiano ha llevado a acuñar dichos populares que suenan a sentencia, casi a dogma. “Yo conozco al flojo aunque lo vea sudao”, tiene el poder de deshacer relaciones cuando los padres se oponen a que la niña de sus ojos se case con el pelafustán del barrio, pues la sentencia pronunciada una tarde cualquiera mientras el patriarca ve al susodicho fingiendo ser quien no es, determina bien sea la rebeldía de la joven dama o la terminación lenta y dolorosa de aquellos amores. El flojo, para ampliar la explicación, es la persona perezosa convencida de que todo lo merece aún sin trabajarlo. Si el señor complementa su disgusto con la conclusión de que “más trabaja una pala empeñá”, ya el tema es ofensivo y bien puede significar que el muchacho adquiera la mala fama, o la fama que se merece, según sea el caso. Recuerdo a mi abuela diciendo que “cuando yo le digo burra negra es porque tengo los pelos en la mano”; ella, una anciana casi centenaria que ha sobrevivido a la vida a punta de terquedad, insiste en que nunca se equivoca y convirtió el dicho popular en su filosofía de vida.

El Caribe colombiano, en sí mismo, es hiperbólico, así que imaginarán cuan hiperbólicos son sus dichos populares. La cotidianidad misma de las gentes del caribe es una crónica narrada por distintas voces, lo cual enriquecemos con exageraciones para hacerla más amena, o para salvarnos del tedio. La reunión acartonada que lleva toda la mañana, nos parece que “está más larga que 20 mil barras de butifarra”, sobre todo si no media merienda alguna, si no hay acentos melódicos y se celebra en una aséptica oficina del páramo. Por cierto, la butifarra es un embutido típico que nadie se atreve a preguntar de qué lo hacen (y es mejor no saberlo), pero todos nos lo comemos con deleite; además, es muy barato y se vende anudado en largas tiras, por lo que 20 mil pesos del producto bien puede medirse en metros.

La voz del caribe es musical y cadenciosa, por ello lo bello de los dichos populares no solo es su contenido sino escuchar a quien lo dice, razón suficiente para que nos enamoremos tanto del aforismo como de la bella mulata de carnes firmes y labios pletóricos que suelta un “de la leche derramada nadie hace queso”. Ese desparpajo que se les nota a las damas del Caribe grande incluso al caminar, sazona la sabiduría embebida en el dicho popular. Así, la letra con placer entra. “Nosotros celebramos la nostalgia y hasta la tristeza”, decía David Sánchez Juliao, e indudablemente celebramos en todas sus formas el amor, siendo el lenguaje popular un vehículo para amarnos. En el Caribe colombiano, hablar es otra forma de copular.

Aquella frase que al fin de cuentas no se sabe a quién endilgársela, pues con pequeñas variaciones se la atribuyen a Cepeda Samudio, a Zapata Olivella y algunos al poeta Juan Manuel Roca, describe con facilidad el porqué los costeños del Caribe colombiano preferimos ser sinceros y francos incluso en nuestro hablar: “la tristeza es un costeño en gabardina”. Las nuestras no son frases envueltas en paño inglés o velos de falsa cultura sino sentencias llenas de picardía, alegría y naturalidad, una incontenible corriente que fluye por nuestra lengua con gracia sin igual. Y, para que no queden dudas, todos son dichos en voz muy alta con cierto histrionismo caricaturesco. Dice el maestro Alberto Salcedo que en el Caribe vemos con sospecha al que susurra, lo cual explica la animadversión y desconfianza hacia quienes, fingiendo una educación postiza, presumen de su voz baja y nos señalan de escandalosos. Es que la verdad solo se dice en voz alta, porque lo otro es pura falsedad producto de un formalismo inventado.

El lenguaje del Caribe colombiano se parece a nosotros los caribeños, o viceversa, y más que un rasgo identitario es la síntesis de nuestra cosmovisión. No es que los caribeños exageremos; solo mejoramos la realidad. Tal vez por eso allá “no hay muerto malo ni recién nacido feo”.

 

Bogotá, Enero de 2015.

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enero 11, 2016. Etiquetas: , , , , , , , , , . Uncategorized.

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