MENTIRAS, SOLO MENTIRAS.

POR: ALEX GUARDIOLA ROMERO

Bajo el imperio de la política de Seguridad Democrática en Colombia, no solo no se acabó con la guerrilla, como nos prometió Álvaro Uribe, sino que seguimos siendo igual de pobres, igual de desiguales y con baja calidad educativa. De nada sirvieron los desaparecidos y falsos positivos.

No hay que creer en los Mesías, mucho menos en medio de una guerra. Cuando fracasaron los diálogos de paz de San Vicente del Caguán, y ante una imagen débil de un Andrés Pastrana perdido que nunca supo gobernar, surgió un mesías llamado Álvaro Uribe Vélez, quien a punta de guerra acabaría con la guerra, una especie de bombero pirómano. Él nos dijo que la Seguridad Democrática era la panacea que acabaría con la guerrilla y traería abundancia a nuestro país. Pero mintió.

ALVARO URIBE

El conflicto armado que vive Colombia está íntimamente ligado al conflicto social de nuestro país; podría decirse que el uno se alimenta del otro y viceversa, y que la terminación del uno no necesariamente acabará con el otro, pero que sí será importante para superar varios factores que hacen de la realidad colombiana el caldo de cultivo para las confrontaciones del día a día. Colombia es desigual, con bajo nivel de ingresos per cápita, con altos niveles de pobreza, con desempleo elevado y de baja calidad, con baja tasa de alfabetización comparada con el primer mundo o incluso con Cuba o Chile, bajo nivel de calidad de la educación y con una creciente problemática ambiental derivada de pésimas políticas de explotación minera que muy pronto comenzará a pasarnos factura.

En efecto, según datos oficiales del DANE, hasta 2014, el 28,5% de los colombianos vivía en pobreza monetaria, es decir, que sus ingresos no alcanzan para comprar la canasta básica de alimentos, registrando una disminución sostenida de ese índice desde 2002, cuando el porcentaje de pobres era del 49,4%. La pobreza multidimensional, que incluye factores como educación y salud, también disminuyó y se situó en 2014 en 21,9%. No obstante a este dato que parecería positivo, también desde el 2002 la pobreza extrema (nivel de indigencia) y la desigualdad se han mantenido, con un coeficiente Gini (donde 0 es la completa igualdad y 1 es la desigualdad absoluta) de 0.538, indicador que está estancado desde 2002 situando a Colombia como el cuarto país más desigual del mundo, solo superado por países como Haití y otros del África, y el más desigual de toda latinoamérica. Es decir, aun cuando los datos oficiales -sobre los cuales existen reparos y cuestionamientos metodológicos pues se argumenta que no son reales- indican que ha aumentado el nivel de ingresos de los colombianos, y consecuentemente disminuido el número de pobres, se evidencia que los ingresos están concentrados, pues el 10% de la población más rica se queda con el 50% de los ingresos.

Pero la situación es aún más escandalosa, pues para el DANE la persona que obtiene ingresos mensuales superiores a 211.807 pesos ya no se considera pobre, y ahí surge la pregunta ¿se puede vivir dignamente con solo 211 mil pesos mensuales?. En Barranquilla, por ejemplo, se nos ha vendido la idea de una falsa bonanza bajo la infamia de que “Barranquilla florece para todos”, pero la realidad demuestra que el 29% de sus habitantes no puede comer tres veces al día, mientras unas cuantas familias se enriquecen, siendo una de las grandes ciudades de Colombia más desiguales. Es aquí donde se aplica aquello de que si hay dos personas y dos panes, entonces las estadísticas nos dicen que hay un pan por persona, pero en realidad una sola persona se lleva dos panes; eso pasa en nuestro país, donde las estadísticas sustentan un crecimiento irreal.

Es decir, con la tesis de la Seguridad Democrática (2002-2010), que preponderó en el presupuesto anual de la nación durante 8 años los recursos para atender la guerra con la promesa de acabar con la guerrilla, aumentó el nivel de ingresos para quienes más tienen, pero se mantuvo la desigualdad para quienes menos tienen, incluso muy a pesar de los polémicos cambios metodológicos que se operaron para realizar las mediciones, y la guerrilla sigue existiendo después de 6800 desaparecidos y 1778 casos de asesinatos extrajudiciales (falsos positivos) documentados, todos ellos de personas que nada tenían que ver con las FARC. Es fácil concluir que la Seguridad Democrática no solo no acabo con la guerra, sino que hizo ricos a los más ricos y los pobres siguen esperando mejoría.

Y seguimos siendo brutos (hay que serlo para elegir y reelegir una tesis como la Seguridad Democrática). Según el investigador Axel Rivas, del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento –CIPPEC-, desde el año 2000 hasta el 2011, en Colombia solo el 44% de los niños entre 3 y 5 años tuvo acceso a la educación, el estándar más bajo de toda América (México 81%, Uruguay 75% y Perú 72%) para uno de los momentos más delicados en la formación humana, como lo es la educación inicial, un deshonroso puesto logrado bajo la égida de la Seguridad Democrática. Las pruebas Pisa, que se han aplicado desde 2000 en cinco ocasiones, indican que Colombia ocupó el lugar 61 de 65 países en los que sus estudiantes tomaron la prueba, sin que haya mejoras durante la administración de Juan Manuel Santos. Y en el aspecto de la calidad educativa vuelve y juega el tema de la desigualdad, pues la brecha entre las instituciones educativas de acuerdo a los estratos (¿no son los estratos sociales una vulgar reedición de las castas de la antigüedad?) es abismal. En general en América Latina, hasta la prueba Pisa de 2012, el 29% de los estudiantes que la tomaron se ubicaban en estrato 1, mientras en los países nórdicos eran solo el 2%, según Axel Rivas.

Con todo este panorama, el conflicto social en Colombia, en donde solo el 46% de la población accede a la educación superior (en Chile y Argentina es del 70%) y apenas 3 de cada 10 estudiantes que ingresan a la universidad logran graduarse, el conflicto armado encuentra la excusa perfecta para subsistir. Habrá guerra mientras subsistan las condiciones objetivas que la originan.

Pero la verdadera batalla está por comenzar, y se refiere a la salud mental de los colombianos, en un país en el que no se ha prestado la suficiente atención a este fenómeno, y donde EPS´s avaras (también creadas por ley por quien instituyó la Seguridad Democrática) aún tratan las enfermedades mentales con medicamentos genéricos de baja calidad que incluso han sido retirados del primer mundo por sus demostrados efectos adversos. El verdadero reto del posconflicto va a ser tratar de resocializar a los miles combatientes con estrés postraumático, en una sociedad que aumentará la violencia urbana y que sigue igual de pobre.

Por todo lo anterior, el mentiroso discurso de que durante la Seguridad Democrática había prosperidad y todos éramos felices, que había confianza inversionista y que la guerra estaba a punto de acabar, es no solo bajo sino una afrenta que acude a la premisa de que somos tontos e incapaces de evaluar por nosotros mismos la realidad social del país. En una estrategia que toma sus bases en las enseñanzas de Goebbels, el ministro de propaganda del régimen Nazi, se nos ha repetido miles de veces una mentira canalla, con la esperanza de los uribistas de convertirla en verdad. Pero las cifras demuestran que el uribismo y la Seguridad Democrática han sido mentiras, solo mentiras.

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