LOS OLORES DE MI INFANCIA

Oler nos transporta en el tiempo y nos hace felices, pero estamos formando una generación sin olfato castrándoles a nuestros hijos la posibilidad de recordar con las fosas nasales.

Por: Alex Guardiola Romero

La infancia de quienes hemos sido felices es un lugar lleno de ruidos entrañables y olores de ensueño. El olor a tierra mojada, por ejemplo, aún sigue transportándome a aquella época sin preocupaciones. Para entonces, aquel olor era el presagio de un aguacero bíblico que, a pesar de vivir en una precaria vivienda que parecía ceder un poco con cada aguacero, significaba dormirse con el croar de un millón de ranas invisibles. Recuerdo nítidamente la premura de los vecinos para no mojarse, huyendo de las primeras gotas como quien huye de la furia de Dios, y la señora Emma gritándole a sus hijas que recogieran la ropa que había estado secándose al sol en aquel patio enmontado en el que crecían silvestres tanto los pepinos como los mosquitos.

HIERBA RECIÉN CORTADA

Inolvidable es, también, el olor del colegio. Mi colegio olía a lápices recién tajados, a borrador nuevo y a niñas sucias. Una tarde de julio, cuando volvía a clases luego de las vacaciones, ese olor a lápices se metió en mi memoria olfativa para siempre. Estaba en cuarto grado y nunca podré olvidar la forma en que ese olor a caja de colores nueva se fusionaba con el olor de Dubis; la recuerdo sudorosa y feliz mientras de su cuerpo emanaba un hedor indescriptible completamente distinto al olor que tenía Catalina, la fugada Catalina, a quien no volví a ver tras la intempestiva decisión de sus padres de llevársela a otra ciudad sin importar los cientos de niños que nos habíamos enamorado de ella en tercer grado. Catalina olía a helado de vainilla, como me huelen desde entonces todos los amores nuevos.

¡Y la hierba recién cortada! No sé por qué, y quizás alguna regresión freudiana me lo explique un día, pero el olor a hierba recién cortada me huele a sexo. Un jardín con la hierba recién cortada es lo más parecido a una vagina recién depilada, con todo y su olor a fecundidad y placer, con todo y su inescrutable atracción; me dan las mismas ganas de revolcarme bien en un jardín con el césped recién cortado que en una impúdica vagina de labios rosados. Somos tan niños cuando jugamos en un jardín como cuando hacemos el amor, pues en ambos escenarios abandonamos los temores para ser –por fin- nosotros mismos. Estaba en segundo o tercero de primaria, y mientras a pleno mediodía caminaba hacia el colegio, de repente aparece aquel señor pelirrojo con su podadora invencible acicalando un jardín horroroso que no obstante consigue marcarme para siempre. Pero sigo sin entender porqué la hierba me huele a sexo, a chicas de inocencia tardía.

El olor del mar, por ejemplo, sigue teniendo en mí poderes curativos. Las vacaciones de mi infancia tenían el particular poder de curar mi alma de los embates de la pobreza, y ese analgésico está íntimamente ligado al olor del mar caribe. Mis padres me mandaban de vacaciones donde mis primos en Santa Marta, pero sospecho que lo hacían porque no tenían cómo alimentarnos durante aquellas semanas de receso escolar; en todo caso, justo después de pasar el río magdalena y teniendo el mar a solo unos metros de la carretera entre Barranquilla y Santa Marta, mi cuerpo y mi alma comenzaban a sanar. El mar huele a libertad, a felicidad y a útero materno; es como si proviniéramos del mar y volver a él es como volver al origen mismo de nuestras vidas.

Oler sirve como máquina del tiempo y como hilo invisible para unir sensaciones y recuerdos. Desde un punto de vista estrictamente científico, eso sucede, según Gloria Martínez Ayala, porque “el bulbo olfatorio, la zona donde recibimos información de los receptores olfativos, está en el sistema límbico, en esta zona del cerebro se procesan las emociones, los recuerdos, reacciones fisiológicas y también situaciones que nos producen ansiedad. La estrecha relación entre el olfato y las emociones es debido a la interconexión de las regiones cerebrales implicadas en el procesamiento de ambas sensaciones, siendo la amígdala, que forma parte del sistema límbico, el centro integrador por excelencia”.

Vivir en apartamentos asépticos, donde el patio es una lejana ensoñación, poco a poco castra en nuestros hijos la capacidad de recordar olores y –por ende- sensaciones felices. ¿Cómo sabe un niño cuál es el olor a tierra mojada si nuestras ciudades son impermeables? Puedo asegurarles que muchos de nuestros hijos la única tierra que conocen son las cajas de arena de algunos parques y que muchos no sabrán qué es ese olor a desinfectante de pino que suelen tener las casas de nuestras abuelas. Hemos privado, sin darnos cuenta, a nuestros hijos de la capacidad de ser felices desde su propia nariz.

Para seguir anclado a mis recuerdos, he decidido ejercitar la memoria olfativa que me da identidad y pasado. Comenzaré por oler los mangos maduros, a ver si por fin descubro por qué su olor me hace llorar.

Bogotá, Junio 13 de 2015.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Jesus tapia dice:

    Llevo dias oliendo la rica colonia chichi que le compre a mi hija, y desde entonces me lleva a mi infancia cuando iba a la escuela todas las mañana sin que mi mama me levantara, y llegaba a donde mi abuela a buscar a mi primo que era su consentido y tenia mucha colonia chichi…. me hace llenar de sentimiento que solo un olor me lleva a esos tiempos y poder recordar con tanto sentimientos aquellos momentos tan inigualable sin lleno de preocupacion, tambien existen oyros olores que me llevan a infancia y recordar con exactitud pequeños momentos de alegria en mi vida de adolescente……. Poder oler un atardecer con ganas de llover y estar sentado en el patio de tu casa y escuchar el grito de tu mama decir….. Hijo va a llover a meterse para la casa y luego pedir permiso para poderse banar bajo la lluvia, de verdad eso no tiene comparacion….. Son momentos que jamas se olvidan y que apesar del tiempo aun las recuerdas…..):

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