CUANDO DORMIR ES UN INFIERNO

Relato íntimo de cómo es vivir con un trastorno de sueño. Me habita un demonio que no puedo controlar, un cobarde que se cuela en mis sábanas y utiliza mi cuerpo como fachada.

Por: Alex Guardiola Romero

Despertar preguntándote qué pasó la noche anterior, lejos de chistes y películas taquilleras, es un verdadero infierno. Entonces comienzo a descifrar las cosas; comienzo mirando el rostro de mi mujer tratando de encontrar pistas, tratando de darme cuenta cuánto daño he causado, así que un “hola” cariñoso o un abrazo lujurioso es un alivio. Me estoy muriendo por las noches, y lo peor es que estoy matando a quienes más quiero.

sueño

Y es que dormir, al parecer, saca el monstruo que hay en mí. Porque lo otro que saca, me refiero al amante tierno y viril al extremo, a nadie le importa, todos lo olvidan. No interesa quién seas en tu vida normal, o que algunas veces en esos episodios seas el amante soñado (¡vaya juego de palabras!), lo que a la gente le queda fresco en la memoria es el monstruo, el desconocido que hace y dice cosas de manera primitiva, el cavernícola que nos hemos empeñado en ocultar tras millones de años de evolución. Me habita un demonio que no puedo controlar, un cobarde que se cuela en mis sábanas y utiliza mi cuerpo como fachada.

Se llama trastorno del comportamiento en sueño REM, o trastorno conductual del sueño REM. En sí mismo no es una enfermedad sino la manifestación de una enfermedad neurológica que nadie, hasta ahora, me ha podido detectar. Eso es lo peor, que no solo no tiene tratamiento sino que no ha sido posible diagnosticarme con certeza, o por lo menos con aproximación. Estoy peleando contra un enemigo invisible.

Este trastorno le ocurre al 0,5% de la población en general y tiene mayor prevalencia en la población mayor de 55 años en el mundo, pero a mi edad es tan raro que a nadie se le ha ocurrido llevarlo a estadísticas. Consiste en que, una vez llego a la fase de sueño más profunda, tengo conductas agresivas, cómicas, alimentarias o sexuales. Me “despierto” y hago cosas en aparente normalidad, si es que comer salchichas congeladas con mantequilla puede considerarse normal. No soy un sonámbulo como El Chavo del 8, de esos de brazos extendidos y ojos cerrados, sino un tipo aparentemente normal que habla, se mueve, razona y pelea como si estuviera poseso. No es un sueño vívido, ni una pesadilla, sino una conducta compleja que puede durar minutos y a veces horas. Al despertar soy una hoja en blanco, no recuerdo nada, no tengo remordimientos porque ese no soy yo.

A veces me culpo. Hace años comencé a escribir una historia de un tipo que asesinaba personas durante la noche, pero al despertar no sabía qué había sucedido. Es como si ese escrito premonitorio que nunca concluí y que por fortuna perdí, cobrara vida en mí, sin los asesinatos incluidos, hasta ahora. En la literatura hay registros de relatos que bien podrían asemejarse a este trastorno, pero no alcanza a ser un lugar común. Me he preguntado también, si lo que sucede mientras duermo no es la materialización de los más oscuros deseos y pensamientos que tengo durante el día, algo así como la vía de escape de cuando quieres ahorcar a alguien, pero en mi vida normal no soy un tipo colérico ni de oscuros deseos.

Han sido episodios terribles. No contaré muchos por vergüenza, porque afectan a mi familia y a quienes amo, pero basta por decirles que son para erizarse, para querer morirse. He comido fríjoles congelados a las tres de la mañana, o hecho el amor como los dioses dos o tres largas y placenteras veces en una noche, he querido salir a cortarme el cabello en medio de la madrugada, he golpeado el alma y el cuerpo de la mujer que amo, he dicho verdades y he sazonado verdades con mentiras del tamaño de un estadio. He querido pedir perdón, pero no sé por qué pedir perdón.

Lo he probado todo. Ya fui a neurofisiatras, a neurólogos especialistas en trastornos del sueño, a otorrinolaringólogos, a psiquiatras, a homeópatas, a médicos bioenergéticos, a curas milagrosos y a un brujo. En único que tuvo la certeza de lo que me sucedía fue el brujo: me dijo que estaba maldito por una mujer que un día me amó y luego me odió, pero no supe cuál. El brujo me formuló un brebaje que se los juro pensé había funcionado por la tremenda diarrea que me causó, pero al final solo logró hacerme despertar en medio de la noche por motivos distintos a los habituales. Menos seguro pero igualmente sobrenatural, el cura milagroso, luego de imponerme las manos, habló de un demonio en mi casa, pero dudo que el fantasma que habita nuestro apartamento en Barranquilla tenga algún interés en mí. He probado gotitas sublinguales que combinan plantas que van desde la valeriana hasta la marihuana, somníferos e hipnóticos que me sumen en un viaje insostenible, ejercicios de respiración y meditación que al final son solo paliativos. Nada ha funcionado.

Lo más difícil es que me entiendan. ¿Cómo puedo hacerme responsable por lo que hago y digo cuando tengo uno de esos episodios? Y no finjo, se los juro que no recuerdo nada de nada, se los juro que no es consciente, se los juro que ese “yo” no está bajo mi gobierno. Para un hombre que presume que todo lo tiene bajo control, estos episodios son una bofetada, un recordatorio de que hay cosas que definitivamente escapan de nuestro manejo. Ya incluso he llegado a sentir miedo de dormir, postergando la hora de acostarme innecesariamente con la esperanza de evitar que algo suceda, pero el cansancio termina por vencerme. ¿Cómo puedo decirle a mi mujer, y que me crea, que los insultos de la noche anterior son mentiras? ¿O que la aventura amorosa que le conté con una mujer de fantasía es solo una suma de mentiras hiladas con pequeñas verdades?

Por ahora, me basta con que me digan qué diablos me pasa. Que alguien me diagnostique con un alto grado de certeza y me diga que existe tratamiento posible. Que un médico sabio le dé nombre y cuerpo a este enemigo invisible que me mata gota a gota. Igual, ya lo tengo decidido: daré la batalla hasta el final, y si no hay posibilidades de vencer o por lo menos controlar al enemigo, seré yo quien decida cómo y cuándo poner fin a la guerra. Y lo haré solo, porque la vida me demostró que quien te extiende la mano lo hace para pedirte, no para ayudarte.

Algunos son famosos por dormir poco, por necesitar solo unas cuantas horas de sueño y al día siguiente siguen como si nada, tan lúcidos y enérgicos que da envidia. Otros duermen mucho, son reconocidas morsas que exhiben orgullosos su amor por la almohada durmiendo en cualquier circunstancia. Yo solo quiero dormir en paz.

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junio 2, 2015. Uncategorized.

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