LA SOLEDAD QUE MATÓ A GABO

¡Qué solo debió sentirse viviendo en un mundo sin recuerdos!

Nadie odió más a Gabo que muchos de sus propios compatriotas.

 Por: Alex Guardiola Romero

         Varios meses antes de su muerte, Gabriel García Márquez comenzó a padecer la peste del olvido. Mercedes, su mujer, se vio obligada entonces a gritarle al oído la breve biografía de quien lo saludaba efusivamente, o a recordarle que la joven que cruzaba el jardín de su casa en México no era Remedios La Bella sino una de las asistentes encargada de tener toda la casa en orden. El seis de marzo, el día que cumplió 87 años, salió a la calle justo frente a la entrada principal de su casa a recibir una serenata improvisada por amigos que le cantaron “Las Mañanitas” para agasajarlo; se le vio sonriente pero perdido, como si viviera en un mundo alterno, y al notarlo con tan pocas palabras algunos temieron que hubiera olvidado también el maravilloso don de conversador que lo graduó de parrandero y charlatán dicharachero en La Cueva. Esa fue la última vez que se le vio en público, pues unas tres semanas después sobrevino la internación en el hospital de Ciudad de México de dónde salió a su casa tras pocos días de cuidado a esperar apacible la muerte.

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Foto tomada de http://www.periodicoenfoque.com.mx

           García Márquez, igual que Úrsula Iguarán, murió un jueves santo. Según el parte oficial fue una insuficiencia renal la que terminó con la vida del escritor tras una serie de complicaciones muy graves por su edad y por su estado. Pero yo sospecho que Gabo murió de soledad; ¡qué solo debió sentirse viviendo en un mundo sin recuerdos!, o con historias re-creadas sin mucho tino. Quizás olvidar las cosas y a las personas fue más duro para él que irse del país ante la persecución absurda que incluso con su muerte no concluyó. La infamia que comenzó con la pregunta qué ha hecho García Márquez por Colombia, tuvo su colofón con un mensaje de una congresista cuyo nombre no merece ser mencionado, quien lo envió al infierno sólo por la posición política de Gabo cercana a la izquierda democrática de América Latina y su íntima amistad con Fidel Castro. Ese es el país de la doble moral, el país en el que un sector odió no tan en secreto a García Márquez y tras su muerte sale a rasgarse las vestiduras en perfecto oportunismo, o a regodearse en su ignorancia evidenciando su propia limitación humana. Nadie odió más a Gabo que muchos de sus propios compatriotas.

         Una cosa es el escritor y otra el político. En mi opinión, Álvaro Cepeda Samudio era mejor escritor que García Márquez; no obstante, es apenas obvio entender que eran distintos, pues mientras el primero era de una literatura más experimental, Gabo siempre se casó con la narrativa casi líquida propia del vallenato y la juglaría. Sus obras están escritas a partir de recuerdos, la mayoría de ellos mediados por la febril imaginación infantil, lo cual obliga al autor a seducir al lector para no perderlo en el intento. La suya es una literatura de nostalgias, evidente en los textos paridos en París o en Barcelona, donde el Caribe remoto es el verdadero protagonista. ¿De qué otra forma se puede explicar que una novia deje una estela de sangre en la nieve de una Europa lejana? Quizás por eso García Márquez insistió en que él nunca se había ido del Caribe, que otra cosa era que viviera en otra parte, porque uno es lo que recuerda. Gabo, su literatura y nosotros mismos, somos lo que extrañamos. Estamos construidos de nostalgias.

            Los vallenatos que son -¿eran?- un cuento cantado, así como la obra de García Márquez, parece que persiguieran como único fin inmortalizar las cosas mágicas de una cotidianidad a la que nos acostumbramos quienes crecemos viendo y viviendo un día a día de ensueño. Cien Años de Soledad, por ejemplo, busca otorgarle cierto grado de verosimilitud a una atmósfera que a muchos les resulta mágica y a nosotros solo cotidiana; nada de raro tiene una anciana de edad indefinible a la que se le calcula más de 122 años, o una masacre que pese a las irrefutables evidencias de manera oficial nunca existió, al fin y al cabo vivimos en un país en el que los muertos –con dolorosa frecuencia también los vivos- desaparecen y los ancianos se eternizan.

            Pero García Márquez resultó condenado a su propio olvido. La soledad de la peste del olvido lo mató sin darle oportunidad de anotar en papelitos el nombre de las cosas y su uso; una especie de amnesia asesina a la cual parecía estar predestinado y que convirtió en personaje en sus obras como una manera de exorcizarla, sin éxito. Lo que aún no sabemos es si alcanzó a fabricar pececitos de oro. Estará viajando en un avión de estaño en medio de un bosque de higuerones, como Santiago Nassar, o en el infierno al que lo envió la congresista, quién sabe. Lo único cierto es que a partir de ahora muchos lo verán deambulando por la calles polvorientas de los pueblos del Macondo universal, cargando artilugios mágicos y ofreciendo bebedizos para curar la peste del olvido.

         Desde el jueves santo, Gabo es un gitano errante, porque la muerte no es más que seguir caminando hacia donde no sabemos.

 Bogotá, Abril 19 de 2014.

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. megandeluquea@hotmail.com dice:

    Buenísimo!!!

  2. Antes que escritor y periodista Garcia Marquez fue un gran demócrata,precursor por la libertad y la independencia de los pueblos de America,por eso fue perseguido y obligado a exiliarse en Mexico por el expresidente Turbay Ayala.

  3. unowebs dice:

    cuanta razón tiene

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