EL PAISAJE PERDIDO DEL FOLCLOR VALLENATO

En lo alto de la montaña sólo hay silencio el viento es fresco,
y cuando hay tiempo de lluvia las nubes besan la punta ‘el cerro;
rumores de melodía sólo se escuchan de ese romance
limpio como es la nevada brillante como la luz del día”
.

Así Fue Mi Querer, Gustavo Gutiérrez.

Por: Alex Guardiola Romero

Hace tiempo le escuché decir al maestro Juan Gossaín, que el vallenato era el exponente de una estética simple y por eso bella: la estética del campesino de la Costa Atlántica colombiana. No obstante, y dada la creciente migración a las grandes ciudades, el vallenato terminó por “urbanizarse”, razón por la cual desde finales de los años 80 las composiciones dejaron de hacer referencia a paisajes y amaneceres. Como quiera que la discusión respecto de lo que debe o no considerarse vallenato clásico aún está abierta, y como en este escrito no soy una voz autorizada para señalarlo, sólo puedo decir al respecto que la presencia del paisaje en el folclor vallenato es ya un recuerdo. De hecho, aquellas letras nostálgicas que acompañan la perenne parranda que es nuestra vida, tienen el poder de ubicarnos en sitios que aún no conocemos, pero que evocamos con ardor, como las sabanas que sonríen cuando Matilde camina. Pero ya todo es pasado, las de hoy son composiciones de cemento, de tráfico despelotado y contaminación incluso del alma.

 

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Tomada de viajesudamerica2010.blogspot.com

Comparar con el paisaje un sentimiento tan complejo como el amor, y además hacerlo en una metáfora perfecta, es de genios. Por supuesto que Gustavo Gutiérrez lo es, como se evidencia en “Así Fue Mi Querer”. El amor y el paisaje en perfecto matrimonio, uno de los sellos característicos de tiempos idos en el vallenato, ha dado paso a la comparación obvia y hasta ofensiva. La vida cambió, las circunstancias que rodean a un compositor también. Es apenas lógico que ya no bramen los terneros en los corrales -como lo dice Dagoberto López en “Costumbres Perdidas”- cuando la mayoría no sale de la “Jungla de Cemento”, mucho menos sabrán con certeza de qué hablaba Carlos Huertas cuando describe que “…el rumor del ranchería / es más dulce y sabe a fiesta…”. Para infortunio de todos, y aunque soy joven y no reniego de las nuevas canciones vallenatas, las composiciones de hoy son limitadas desde lo estético; todas parecen decir lo mismo, carecen de imaginación.

Algo va de “La Difunta” a “Lluvia de Verano”, porque no es lo mismo referirse a una mujer a la que se amó con locura, diciendo que Que tristeza, que hartera, pero que vaina barroo / Decirle al que me pregunte por ella que ya falleció…” que citar a Hernando Marín y comentar que la dama en cuestión fue en nuestra vida “como lluvia de verano”. Por referirme a otro caso en el que se enaltece la belleza de la mujer relacionándola con el paisaje, me remito al gran Roberto Calderón, quien dice a propósito de las costumbres de su querido San Juan del Cesar, que las hembras -nótese que no hay asomo de sexismo en la expresión- deben ser sinceras y tener buena voluntad, además de cualidades y sentir la “…pasión pura como las aguas que lleva el río Cesar…”.

Quizás “Mi Novia y Mi Pueblo” sintetiza con mayor precisión nuestra referencia a paisajes íntimamente ligados al amor, con metáforas increíbles logradas por Octavio Daza Daza, como “el mismo cerro lleno de tristeza… o como la descripción que hace de las aguas que bajan de la Sierra de las que dice “Vienen Descalzas Y No Van Sufriendo / Porque Van Alegres Para La Tierra Mía…. Es inevitable escuchar estas canciones, compararlas con “La Gringa” y aceptar con desilusión que la calidad, y no hablo solo de las letras, ha bajado a niveles de vergüenza. Este fenómeno no es exclusivo del vallenato, sino una pandemia que se explica únicamente desde el absurdo de la comercialización sobreactuada de la industria musical, en la que la producción excesiva y la construcción de ídolos con pies de barro dio al traste con la calidad. Maldito el infausto momento en el que la música dejó de ser un arte para convertirse en un negocio.

Sigo, como nostálgico empedernido que soy, añorando aquellos viejos compositores, pero valoro los esfuerzos por no perder el norte, así sea solo en las letras. En este sentido, es bueno destacar “La Tierra del Olvido”, una muestra de que también Carlos Vives e Iván Benavides extrañan el vallenato ido, las letras de calidad fugadas en estampida provocada por banqueros aparecidos como productores musicales. Sigo, igualmente y por enésima vez, enamorándome y utilizando sin ruborizarme la hermosa frase que nos legó el gran Calixto Ochoa: “…desde el día en que te vi / brillaban tus pupilas como chispitas de oro / como gotas de sereno en noche de luna clara…”. Créanme, sigue funcionando.

Bogotá, Abril 07 de 2014

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