DE VUELTA AL CONVENTO MEDIEVAL

El procurador y sus cruzados tienen sed de sangre, y eso es gravísimo para todos, incluso para ellos mismos. Llegamos al nefasto momento en Colombia en el que pensar es un pecado.

Por: Alex Guardiola Romero

Nadie debe dudar hoy que Colombia afronta una incisiva andanada de quienes pretenden llevarla al oscurantismo, a la ignominia, a la inquisición. Estamos inmersos en una suerte de ofensiva para que regresemos a una sociedad sin derechos, sin garantías, marcada por un fanatismo religioso y político rayano en la estupidez, de la mano de un grupo que primero habló de una mano dura (o negra, que al fin y al cabo fue lo mismo) y hoy pregona un modelo semejante a su líder: chabano, mal hablado y rezandero. Su actuar ha demostrado que ya tienen colmadas sus ínfimas paciencias, dejando claro que son capaces de hacer lo que sea necesario para lograr sus objetivos, incluyendo persecuciones y promesas de premios de consolación para sus tontos útiles; hablo, por supuesto, de Pachito y la promesa de recibir la Alcaldía de Bogotá como premio de consolación. O del procurador, con un rasero de justicia que lucha a favor de paramilitares y corruptos, pero persigue a libertinos que se niegan a reconocer la supremacía del Opus Dei.

Foto tomada de kienyke.com

Ordóñez, desesperado y rabioso como está, es no sólo aún más peligroso sino su propio enemigo. Eso está demostrado porque cada vez que habla o actúa se entierra más en su bilis, bien sea despreciando a los paperos o atacando al ateo socialista de Petro. Ha llegado a tal punto que su desespero es evidente, mostrando los colmillos y su insaciable deseo de llamarnos a todos al juicio final, tanto que sus propios simpatizantes reconocen en él una excesiva y enfermiza cruzada fuera de todas proporciones. Ya no es sólo que –a través de su brazo armado llamado “Fundación Marido y Mujer”- ataque iniciativas como el derecho a interrumpir embarazos que ponen en riesgo la vida de madre e hijo, o que vea como una aberración que parejas del mismo sexo que han estado juntos toda la vida tengan derechos como cualquier otro, sino que pasó al ataque sectario, clasista y segregacionista con un fuerte tufillo a “solución final”. El procurador y sus cruzados tienen sed de sangre, y eso es gravísimo para todos, incluso para ellos mismos.

Pero qué les va a importar a ellos las consecuencias, o el qué dirán, pues la santa inquisición sólo busca convertir a nuestro país en un convento de clausura tan controlado y oscuro que sea escenario mudo para sus vejaciones. En nombre de Dios, o más bien en nombre de un fanatismo sin límites, han decidido tomarse todas las instancias del poder para subyugarnos y someternos a sus santos caprichos, sin libertades, porque eso de los derechos humanos es sólo una excusa para alejarnos de Dios en medio del libertinaje ideológico del ser humano. Se olvida Ordoñez que el Dios que él dice seguir pregona el amor, no el odio; que nos dio libre albedrío e inteligencia, no sumisión y oscuridad.

Pero no es sólo Ordoñez y su grupúsculo, sino también –por ejemplo- la jueza quien le dijo a Francisco Toloza, líder de Marcha Patriótica acusado de nexos con las FARC, que aunque él nunca había empuñado un arma era más peligroso precisamente por sus ideas. Ese es el súmmum del temible giro a la ultra derecha de nuestra sociedad, que somos pecadores peligrosos porque tenemos ideas, porque no somos borregos que siguen a un jinete sin miramientos, porque no somos simples contenedores dispuestos a ser llenados con la mierda del fanatismo. Llegamos al nefasto momento en Colombia, en el que pensar es un pecado, ya no subversivo ni peligroso, sino un pecado con toda su connotación de fuego eterno.

Y nosotros aquí, comentando las pruebas que les tocó el día anterior a las aspirantes a modelos del reality de moda, o sintiéndonos ricos porque cada día vamos al centro comercial a comprar cosas que no necesitamos con dinero que nunca tendremos. Seguimos siendo usados, mientras nos sentimos “play”.

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