LA GUERRA PERDIDA

Los humanos optamos por pelear con el otro porque ya estamos cansados de pelear con nosotros mismos. Hacemos la guerra porque nos avergüenza el amor.

Por: Alex Guardiola Romero

La expresión “humanizar la guerra” siempre me ha llamado la atención. Nada más humano que la guerra cruel, porque refleja la vileza inherente a los hombres. La guerra es, en sí misma, la más patética manifestación humana, con sus oscuridades y odios. La única guerra válida es la del amor, donde las batallas son cuerpo a cuerpo y sin más armas que nuestra piel, y es esa precisamente la guerra que estamos perdiendo.

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Imagen tomada de http://www.noperfidas.blogspot.com  

En esencia, el ser humano hace la guerra como manifestación de su pugna interna, de su constante enfrentamiento con sigo mismo; por eso, las batallas reflejan el odio que se tiene a sí mismo, su inconformismo con lo poco que se siente, con lo ínfimo que en realidad somos. Cuando un político obtuso promueve el belicismo y su comité de aúlicos lo aplaude, se está demostrando, ni más ni menos, que no tan en el fondo los seres humanos optamos por pelear con el otro porque ya estamos cansados de pelear con nosotros mismos. Ese político –un expresidente, quizás- encarna la sed de sangre que tenemos  en nuestro ADN y que nos enseñó la sociedad que nos habló desde niños de las épicas conquistas de Atila, y tan poco de cómo se descubrió el clítoris y su funcionalidad. Blandemos la espada para inutilizar el clítoris.

Hacemos la guerra porque nos avergüenza el amor. Se califica de inmoral un beso en público, le decimos a nuestros hijos que “se ve mal” demostrar amor en la calle, pero al mismo tiempo inculcamos en ellos que la violencia es válida. Nos escandaliza el sexo pero nos encantan las trompadas. Así somos en esencia. Y no se trata de la guerra como un mecanismo aprendido de supervivencia y preservación de la especie, sino de la guerra como una rebuscada experiencia de espiritualidad; no en vano las peores son las guerras que se libran en nombre de Dios, llámese “Alá” o “petróleo”, y que arrasan con los seres humanos y sus almas, que es peor.

Mi buena amiga Margarita De La Hoz, quien tiene por qué saberlo, dice que la guerra es necesaria porque ella trae equilibrio. Es ahí donde comienza el círculo vicioso, pues en el afán de mantener ese “equilibrio” se justifican todas las guerras posteriores. Equivale a seguir matando –literalmente- para mantener la vida, algo tan inacabable como absurdo. Todo equilibrio que derive de la guerra es sólo la supremacía transitoria del más cruel, el mundo ideal del más malo. Por eso, insisto, “humanizar la guerra” es el más inexacto de los eufemismos, el más contradictorio de los escenarios.

En el sumun de lo humana que es la guerra, se ubica el amor. En el fondo, y eso es esperanzador, las guerras también se hacen por amor. La historia está cargada de episodios en el que una disputa amorosa desató la ira de los poderosos, aunque se haya tratado de tergiversar la historia con el paso del tiempo. Cleopatra, tan humana ella, dio al traste con un imperio sólo valiéndose de sus encantos. Troya fue, simplemente, el capricho de una díscola y veleidosa dama, a quien le tuvo sin cuidado los muertos que dejó la furia de sus disputantes.

Toda guerra es humana porque demuestra lo que somos, sin disfraces ni matices.

 

Bogotá, Noviembre 16 de 2013

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