EL PLACER DE SER CARIBEÑO

La poesía de la cotidianidad nos hizo en el amor. Quienes una vez vivimos en el Caribe jamás podremos irnos de él, aunque estemos lejos.

Por: Alex Guardiola Romero

Le dijo García Márquez a Ernesto MacCausland que él sabe que está en el Caribe porque el cuerpo le funciona mejor. Yo se que estoy en el Caribe porque soy feliz. ¿Cómo no ser feliz en el lugar en el que la gente sonríe mostrando lo que lleva adentro? ¿Cómo no ser feliz en el lugar en que la poesía vive en la cotidianidad? Por eso, ser caribeño es un estado de trance ganado de a poco en las esquinas bulliciosas de ciudades y pueblos en los que todos se conocen, se tratan como viejos amigos, y se apoyan como hermanos. El Caribe es el paraíso que aún así se puebla de diablas vestidas de faldas multicolores cómplices de vientos coquetos. El Caribe es poesía.

ImageQuizás por el calor, o porque simplemente nacimos desnudos, el hecho de mostrar más piel nos hace también desnudar el alma. Por eso somos los caribeños libros abiertos en los que no hay espacio para páginas negras, mucho menos para historias que no tengan el fin predecible de una carcajada. El hombre alimentado de frutos del mar, que creció escuchando boleros de ensoñación y bailando cumbias declaratorias de amor eterno, es no sólo un poeta visceral sino un piropeador excelso, que ha pulido su arte en el Paseo Bolívar mientras esquivas doncellas sonríen en silencio por su altanera muestra de frenesí sensual.

Por su parte, unas damas agrestes de carnes firmes e inteligencia amorosa –quizás la más bella de las inteligencias- exigen cada vez más galantería, no sólo porque crecieron en medio de ella sino porque no se resignan al olvido de la cotidianidad –quizás el más doloroso de los olvidos. Las caribeñas se creen sirenas, no de otra forma se puede entender el contoneo de unas caderas hipnotizantes mientras caminan por playas idílicas, generando lascivia en quienes por su dieta tienen una carga de fósforo que precede los más grandes incendios.

Y es que el caribe es también sexo arropado de buenas maneras y respeto de alto diseño; contrario a la instrumentalización de la genitalidad, en el caribe el sexo se rodea de aditamentos que nos hacen más humanos, que nos recuerdan que la cópula no es el fin mismo sino la guinda del pastel. ¿Acaso para muchos bailar pegados en la semipenumbra sintiendo un cuerpo sudoroso tras pocas ropas porosas no es un orgasmo en sí mismo? Eso lo saben todos, hasta yo que jamás aprendí a bailar.

La musicalidad de nuestro acento, el ritmo endiablado al caminar, y las respuestas musicales a preguntas difíciles ratifican que, en su esencia, ser caribeño es vivir en una especie de eterno concierto en sí bemol mayor que se nota incluso en el silbido que los negros de bronce del mercado de Bazurto tributan a morenas de elástico que osan comprar pescado poco antes de la Semana Santa.

Desde el páramo frío en el que escribo por nostalgia, añoro sentarme frente al mar sólo para ver cómo un inmenso disco naranja se deja tragar apacible por el agua en calma de un mar que nos corre por las venas. Quienes una vez vivimos en el Caribe jamás podremos irnos de él, aunque estemos lejos.

 

Bogotá, Marzo 20 de 2013.

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