LA CULPA ES DE “MARY MAR”

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Entre Príncipes encantadores, doncellas esquivas y sumisas, y reinos fabulosos, construimos una sociedad parecida a un pañal sucio. Pero de nuevo la culpa es de la tele.

POR: ALEX GUARDIOLA ROMERO

Los príncipes azules no existen. Las princesas tampoco. Punto. Sin embargo, nuestra sociedad machista nos edificó la vida alrededor de un cuento de hadas a la postre fallido, en el que la princesa –cualquier mujer promedio al sur de Río Bravo hasta la Patagonia- espera pacientemente que llegara a salvarla de su aburrida vida un príncipe galopando en su brioso corcel –cualquier hombre en las mismas latitudes- que la llevara a vivir en un palacio en el que la protegería de todos y de todos, iniciando y terminando guerras en su nombre y conquistando para ella tesoros de tierras ignotas.

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Aunque, debo insistir en ello, la culpa no es de Hans Christian Andersen ni de los Hermanos Grimm, sino de madres que escapaban a un mundo de fantasía ante su paupérrima realidad, así como padres que transmitían sus inseguridades disfrazadas de aventuras que nunca vivieron, pero de las cuales presumían para no sucumbir en su propia inopia. Por eso, y muy a pesar de que la realidad cada día nos devuelve su aliento fétido, ellas sueñan con un largo vestido blanco, una iglesia llena de flores y la marcha nupcial sonando mientras madres orgullosas, padres cariacontecidos, primas envidiosas y una que otra bruja, las observa llegar al altar para darle el sí a un príncipe de impecable presencia y propiedades ilimitadas. Entre tanto, pelafustanes precoces intentan hacerse a un reino, van por la vida buscando botines de guerra y ocultan sus zonas grises fingiendo una caballerosidad de fábula que les sirva para que una princesa de mirada esquiva y falso reír erija sus pataletas en su nombre, hasta que un rey hastiado decida dejarla ir con aquel mozalbete recién aparecido.

La culpa es –cómo no- también de la televisión. Allí vimos muchas historias de zapatillas de cristal y sufridas chicas que al final resultan ser las dueñas de todo. Recuerdo a Mary Mar, por ejemplo, o a infames canales juveniles que tienen un sinnúmero de versiones de La Cenicienta que ya las confundo. Y créanme, algo va de los galanes de telenovelas mexicanas con nombres compuestos a la dura realidad que nos tocó vivir a quienes Dios nos mandó sin belleza, sin plata y habitantes de La Manga o La Chinita, que no son precisamente reinos fabulosos. Por cierto, tampoco hay  -¡gracias a Dios!- princesas maravillosas y sumisas que emanan dulzura siempre vestidas de muselina luciendo su tocado real; las mujeres que conozco no soportan unas zapatillas de cristal.

Luego vino la degeneración de ese fallido cuento de hadas. Los briosos corceles pasaron a ser narcocamionetas conducidas irresponsablemente por traquetos medio alicorados, que ya no lucen ni blanden su espada de justicia sino pistolas semiautomáticas peligrosamente ajustadas a sus genitales. Las princesas dejaron de esperar y se aventuraron a conquistar a punta de sexo al dueño del reino, o de la ciudad, o por lo menos del barrio, los únicos que podían saciar su apetito bizarro de princesas de alquiler. Fue entonces cuando Colombia y México se convirtieron en el infierno terrenal que Borges avizoró. Madres que venden a sus hijas al mejor postor, padres que intentan hacer de sus hijos los mejores postores, reinos desechables de coca o política cuyos palacios cualquier día se derrumban, y una sociedad que se parece mucho a un pañal sucio.

El colmo fueron los reinados. Potrancas falsas en franca lid para que el narco de turno hiciera uso de ellas, y en el ejercicio les dejara riqueza. Contratistas corruptos que lucen a su reina “como una roca” hasta cuando la princesa de alquiler se va en cuanto huele la prisión para su príncipe, quien comenzará a saltar tapias. Y los barrios, esos laberintos humanos en los que se resumen los males de la sociedad, ya no podían dormir por el ruido de las motocicletas de sicarios y mandaderos llamando la atención de doncellas, quienes con ellos aspiraban a conseguir para las tetas y la lipo mientras escalan hasta “el duro”.

Pero tengo fe. Ojalá pueda cambiar la historia logrando que mi hija vea más Discovery Chanel y menos las telenovelas de Venevisión Continental. Espero que los cuentos de hadas que lee, antes que llevarla a creerse la Bella Durmiente, despierten en ella la curiosidad por la literatura. Sueño con que un buen día este reino transmute, para bien de todos.

 

Bogotá, enero 05 de 2013.

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