DECLARACIÓN DE AMOR A ÁLVARO URIBE

Ante la oleada de odio irracional promovida por quienes representa Uribe, sólo podemos responder con amor. Señor expresidente, lo amamos, así usted no quiera.

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Por: ALEX GUARDIOLA ROMERO

El legado de odio que Álvaro Uribe nos dejó a los colombianos es hoy más evidente que nunca. Basta leer los comentarios en las páginas web de medios como El Tiempo o Kien y ke, o las redes sociales, para darse cuenta que, exacerbados por una década de beligerancia altisonante y vulgar, los colombianos transitamos un camino lleno de insensatez directo al despeñadero.

Se entiende que hayan posiciones contrarias, eso es no sólo necesario sino deseable, pues del disenso nace la evolución; lo que no se entiende es que exista un desprecio tal por el otro que se llegue a pedir “bala para esos indios guaches”, como lo comentó un lector de El Tiempo refiriéndose a los indígenas Nasa del norte del Cauca que desalojaron a los actores del conflicto armado de su territorio ancestral. O que alguien en sus cinco sentidos pida que “petro y todos los malditos comunistas” se les trasplante el cerebro, justo cuando el Alcalde de Bogotá es ingresado de urgencias para ser operado por coágulos en su cerebro. O que en Facebook circule una serie fotográfica mostrando cuerpos de supuestos guerrilleros dados de baja y mostrados como trofeos, y que muchos comenten que “esas gonorreas” recibieron lo que merecían y, además, felicite a los héroes de la patria por matar a esas ratas. ¿No son esas “ratas” colombianas, padres, hijos, hermanos?.

Pero todo eso creció y se multiplicó cuando escuchábamos –y seguimos escuchando, desgraciadamente- a Álvaro Uribe decir que “esos de San José no eran unas almas de Dios”, tratando de justificar la masacre cometida por paramilitares y miembros del Ejército contra habitantes de la comunidad de paz de San José de Apartadó, incluido niños. ¿No son los niños almas de Dios, señor expresidente?. Pero no es el único, Fernando Londoño Hoyos ensalzó tanto al ex subdirector del DAS, José Miguel Narváez, que me hace sentir sucio, y eso que yo no tengo qué ver con la muerte de nadie, como sí han dichos varios paramilitares de Narváez en referencia a su supuesta participación en el asesinato de Jaime Garzón.

Por años, las huestes hitlerianas de clasistas, racistas y casi irracionales seguidores del odio a los demás, estuvieron buscando un nombre, un hombre o una circunstancia que los representara, y encontraron en Álvaro Uribe quien les permita “recuperar la democracia, maestro”. Uribe encarnó, con sus malos modales y su talante de terrateniente decimonónico, lo que muchos sienten y piensan, muy a pesar de su triste realidad particular. A este respecto, no sorprendería que estos pensamientos resultaran afines a quienes intentan a toda costa –de manera equivocada- mantener sus privilegios coloniales, pero resulta francamente sorprendente que personas muy pobres, sin oportunidades y olvidadas y explotadas de manera infrahumana, celebren, promuevan y pregonen ese odio propio de la extrema derecha antidemocrática. Colombia es, quizás, el único país del mundo con pobres de extrema derecha uribista.

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Pero la única solución es el amor. Justo después de la masacre de Utoya y el atentado de Oslo, que acabó con la vida de 77 personas, el primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, dijo que ante una manifestación tan violenta como esa la única respuesta posible es el amor. Tiene razón. Probablemente quienes secundan la maldición del odio no han podido romper el círculo, no han sido capaces de superar sus propios temores y definitivamente se sienten superiores, y en todos los casos lo que más necesitan es amor. Responderles con más odio sería apagar el fuego con gasolina, y ya Colombia no soporta más incendios. Lo amamos, señor expresidente, así usted no lo permita, así no conozca el amor o así se niegue a darlo y recibirlo.

¿Cuándo fue la última vez que ustedes vieron a Álvaro Uribe demostrarle amor a su esposa o sus hijos? Digo, además de la ya famosa zona franca, que fue una muestra de amor muy valiosa.

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