CINCO GRAMOS DE AMOR

Kinsey revolucionó la moral y la ciencia norteamericanas, y aunque parece haber perdido la batalla, abrió el camino para que dejáramos de ser “misioneros”.

 

 

Por: ALEX GUARDIOLA ROMERO

 

El sexo es un tema complicado incluso para la ciencia. Hoy, cuando se supone que ha dejado de ser tabú, gobiernos de distintas partes del mundo penalizan, rechazan, proscriben y hasta persiguen ciertas manifestaciones o tendencias. George W. Bush, en su andana de ultraderecha, reparte a diestra y siniestra en los Estados Unidos afiches que promueven un rechazo moral al sexo; o qué decir del caso colombiano, donde el Presidente –antes que preocuparse por una política clara de educación sexual- pide públicamente que “se deje el gustico para después”. En Cuba, por ejemplo, hasta hace poco ser homosexual era ilegal; mientras en varios países el adulterio es penalizado. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. En la ciudad de Barranquilla (Colombia), en la Institución Educativa Sofía Camargo de Lleras, un colegio público, se recogen firmas de los padres para expulsar a las estudiantes que resulten en embarazo para evitar “que se contagien las compañeras” y así controlarlas para “que no pregunten más de la cuenta”.

 

El escenario era aún peor cuando Alfred Kinsey descubrió que él mismo se desconocía sexualmente hablando. La sociedad norteamericana de la década del 40 y del “Macartismo”, levitaba en una espesa niebla doblemoralista que ha caracterizado a ciertos sectores norteamericanos. Por ello, y pese a su riqueza científica, vale decir que el hoy conocido “Informe Kinsey” y los libros derivados, nacieron de la necesidad misma de Kinsey de entender qué le estaba pasando. La ciencia, y mucho más en estos campos, nace de inquietudes subjetivas y está mediada por la visión del investigador; por ello, decir hoy que la ciencia es objetiva es olvidar de dónde viene y a qué intereses sirve. Kinsey, a partir de casos específicos y con la aplicación de encuestas a 6.300 varones y 5.940 mujeres, midiendo 12 aspectos biológicos y económico-sociales distintos, realizó una investigación explorativa, prolija en detalles y sujeta a variables cuantitativas. Era una entrevista personal de 300 puntos iniciales que bien podían terminar siendo más de 500 si alguno de los seis encuestadores lo creían necesario, o si se detectaban inexactitudes o mentiras. Para estos fines se tuvo en cuenta incluso a grupos de homosexuales en Chicago, pederastas confesos que nunca fueron entregados a las autoridades en aras de conservar la imparcialidad de la investigación, y se soportó las presiones de senadores y el entonces director del FBI, Edgar J. Hoover, quienes llegaron a tildar a la investigación de servir a intereses del comunismo.

 

Sin embargo, y por la utilización de métodos plenamente cuantitativos y el tamaño de la muestra, se incurrió en el error de pretender hallar promedios estadísticos, cuestión discutible si se tiene en cuenta que en el comportamiento humano y su sexualidad los promedios no reflejan cualidades ciertas. En estos campos la investigación cualitativa y sus métodos son llamados a tratar de describir, explicar y hasta proponer problemas de investigación y sus sujetos.

 

La sexualidad humana está mediada por las emociones, difíciles de cuantificar, y la investigación de Kinsey sugeriría entender al ser humano aislado, cuestión irreal que contradice la esencia de interrelación social. El investigador principal era zoólogo y realizó una investigación  taxonómica casi “clasificatoria” sobre la sexualidad humana. Es cuestionable su desconocimiento profesional de la materia, así como de la psicología, y la marcada intención de cuantificar incluso la homosexualidad. Aún así, muy a pesar de sus limitaciones de diseño metodológico, la investigación de Kinsey aportó el volumen necesario para que se avanzara en el estudio de la sexualidad humana, terreno aún con sombras y reticencias feudales. 

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octubre 30, 2008. Etiquetas: . Mucha Piel.

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